Un proyecto de:

Abrazos en el desierto: la historia de las familias separadas por las fronteras

Abrazos en el desierto: la historia de las familias separadas por las fronteras


Por: Estefanía Palacios Araújo @palacios_araujo

El 10 de septiembre el calor asfixiante de Maicao, que parecía salir de la tierra y pegarse a la piel, aparentemente no les hacía mella a Karla y a sus cinco hijos. Esta mujer venezolana de 31 años y sonrisa amplia, que presume un espacio vacío entre sus colmillos, permanecía sentada en la arena, bajo un trupillo, mientras partía un pan que ponía en la boca de sus pequeños.

La familia no disimulaba la felicidad. Aunque tenían sueño y hambre, por primera vez en tres meses estaban reunidos. Al no conseguir trabajo en el estado Zulia (Venezuela), Karla decidió emigrar a Colombia y dejar a sus cinco hijos, con edades entre 5 y 12 años, al cuidado de una tía. 

Ella no es la única madre que se ha separado de su familia. En los últimos años, cuando el hambre y la escasez han invadido Venezuela, cuatro millones de personas han salido de ese país y miles de núcleos familiares continúan fragmentados. 

Esta realidad pesa en el aire del Centro de Atención Integral al Migrante (CAI) de Maicao, un albergue del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados (Acnur) que ha acogido a unas 1600 personas en situación de vulnerabilidad desde el 8 de marzo. Allí estallan los recuerdos de padres, abuelos e hijos que se quedaron en Venezuela o que cruzaron las fronteras hacia otros países. 

Luisana, de tres años, también lleva meses sin ver a su mamá. Viajó a Colombia con su abuela Maritza el pasado 15 de marzo y en septiembre entraron al CAI. Llevan unos cinco meses juntas y han soportado la escasez y el hambre. Aún no saben cuándo podrán reunirse con la mamá de Lusiana, pues no hablan hace meses. Lo último que les dijo era que trabajaba en el servicio doméstico de una casa bogotana.

 

Maritza se ha dedicado toda la vida a la repostería. Por eso, en el CAI ha pensado en unirse con otras mujeres migrantes para empezar un puesto de postres en La Guajira. © | Diana Rey Melo / Semana


 


El Gobierno de Colombia solicitó a Acnur la instalación del centro de atención, ubicado en un terreno que donó la Alcaldía de Maicao


 

Para esta abuela y su nieta, el albergue representa un alivio y una forma de fortalecer su nuevo núcleo: allí reciben tres comidas al día y tendrán atención médica y psicosocial durante un mes. La mayoría de los migrantes permanece en el albergue 30 días, a menos que necesiten atención urgente, como una mujer recién parida o unos niños enfermos.

Federico Sersale, jefe de la oficina de Acnur en La Guajira, asegura que el límite de tiempo se debe a que el CAI no es un campo de refugiados, como los que existen en Turquía o en Jordania, sino un albergue temporal. “Queremos que los migrantes se estabilicen un mes y el centro constituya un puente para la integración”, dice.

Como la integración también depende del estado psicosocial de los venezolanos y colombianos retornados, que llevan a cuestas experiencias traumáticas y el peso del duelo migratorio, Acnur le apuesta a la comunicación entre las familias separadas. Con las demás organizaciones que operan el CAI, como el Consejo Noruego para Refugiados y la Cruz Roja, establecieron zonas con wifi para que los migrantes se conecten con los que han dejado atrás. 

Además, Acnur permite las reunificaciones para que quienes están separados de sus familiares puedan reencontrarse y traerlos al CAI. Edwin Camargo, encargado de la oficina de protección de Acnur, dice que dos veces por semana, cuando llegan nuevos migrantes al centro, también ingresa por lo menos una familia reunificada. El 10 de septiembre, Karla y sus cinco hijos estaban en la última parte de ese proceso luego de reencontrarse y cruzar la frontera.

 

Adonay (primero de izquierda a derecha) convulsionó mientras Karla estaba en Colombia. Hace más de seis meses ella no le puede comprar los anticonvulsivos, pues el dinero no le alcanza y el medicamento escasea. © Diana Rey Melo / Semana


¿Cómo entran al Centro de Atención Integral al Migrante?

 

Antes de la reunificación el proceso es largo y complicado. Para empezar, los migrantes que duermen en las calles de Maicao deben acercarse a uno de los tres puntos de atención y orientación en ese municipio guajiro o en Paraguachón, una localidad ubicada a menos de un kilómetro de la frontera. 

En esos puntos ponen sus nombres en una lista y esperan hasta que se abra un cupo en el albergue. Si están en una situación de vulnerabilidad extrema (por ejemplo, si tienen hijos pequeños y viven en la calle) escalan en la clasificación. Algunos llevan meses esperando el llamado. De hecho, en julio la lista de espera tenía unos 2.200 nombres. Ahora, cerca de 4.000 migrantes -entre colombianos retornados y venezolanos- esperan entrar al CAI. 

Cuando la lista infinita al fin se encoge y los migrantes llegan a los primeros puestos, las organizaciones verifican su historia. Dos veces a la semana, en las noches mal iluminadas de Maicao, los funcionarios de Acnur recorren parques y plazas para encontrarse de frente con la miseria. Buscan a las familias que piden un cupo en el CAI, para comprobar que -como ellas dijeron días antes al registrarse en un punto de atención- viven en la calle.

Al día siguiente, las familias pasan por revisiones médicas, reciben vacunas y son examinadas para descartar cualquier enfermedad contagiosa. En caso de que la tengan, no pueden entrar al CAI y los remiten a un hospital. 

Yavelyn Mariano, médica del lugar, asegura que la condición de todas las familias es crítica. “La mayoría de las afecciones que presentan involucran los pulmones o la piel, algo común en las personas que viven en la calle y no pueden asearse lo suficiente”, dice. También encuentran índices altos de desnutrición y enfermedades poco comunes en Colombia, como el sarampión.
 

 

© Diana Rey Melo /Semana



Antes de traer a los cinco niños, Karla y su novio Bryan, con quien comparte la crianza de sus hijos, superaron esta etapa y entraron al centro el 27 de agosto. “Ingresamos con ayuda de mujeres venezolanas y colombianas que ni siquiera conozco bien, pero que dormían a nuestro lado en la calle y le contaban a los de Acnur que mis hijos me necesitaban y seguían en Venezuela”, recuerda Karla.

Algunos días después de ingresar al albergue, Karla sintió un vacío que reconoce bien. “Tengo un presentimiento, algo malo les pasó”, le dijo a Bryan. Inmediatamente llamó a su tía, que cuidaba a los niños, y confirmó su temor: Adonay, uno de los menores, había convulsionado. Karla solicitó un proceso de reunificación, y el 9 de septiembre salió hacia la frontera a reencontrarse con su familia.

 

Acnur asigna una carpa o una unidad de refugio a los migrantes. En las carpas caben cinco o seis personas y en ocasiones las comparten parejas o migrantes que llegaron solos. En las unidades, diseñadas por la Fundación IKEA, funcionan las oficinas de las organizaciones que operan el centro. Además, las utilizan como refugio para las personas que están en condición de discapacidad o tienen movilidad reducida.  © Diana Rey Melo / Semana


Familias reunidas en la frontera

 

Un carro recorre en cinco minutos la distancia entre el CAI y La Raya, como se le le conoce a una calle ahogada en comercio que separa a Colombia y Venezuela. Pero a pie es otra cosa. Aunque Karla conoce el camino casi de memoria, porque lo atraviesa desde joven, le pareció eterno cuando lo recorrió para recibir a sus hijos. 

Finalmente, luego de horas de viaje llegó a su casa en Paraguaipoa, Zulia, el 9 de septiembre. Jackson, de 12 años; Ariana, de 9; Mónica, de 8; Adonay, de 7 años y Sofía, de 5, corrieron a abrazarla. “Ver a Adonay fue lo más emocionante porque no sabía cómo seguía desde la convulsión”, recuerda. Ya acompañada de los niños, le pidió plata prestada a su tía y salió el domingo en la noche hacia Colombia.

 

Los comerciantes que trabajan en la raya la describen como "tierra de nadie". Unos 50 metros separan unas letras c y v de cemento, que señalan el inicio de Colombia y Venezuela respectivamente. En la raya venden desde medicinas hasta gasolina. Karla dice que también ha escuchado personas que ofrecen dinero a cambio de niños. © Diana Rey Melo / Semana

 

 

 

Los funcionarios del albergue no pueden darles dinero a los que salen a encontrarse con su familia, ni pueden garantizarles seguridad para ir hasta la frontera o para regresar al campamento. Edwin Acuña, funcionario de un punto de atención y orientación en La Raya, dice que la zona se ha vuelto muy peligrosa por la presencia de bandas criminales, sobre todo desde el cierre de la frontera hace cuatro años.

Alrededor de La Raya, donde se extiende un paisaje semidesértico, cientos de personas transitan por las trochas, unos tentáculos que recorren la tierra árida de La Guajira hacia Venezuela. El contrabando y el narcotráfico se apoderaron de los caminos alternativos y la zona parece un hervidero de violencia.

Aun así, en el albergue les recomiendan a los migrantes reunirse con sus familiares en la frontera, pues al cruzarla se arriesgan a que los guardias les quiten los papeles o les pidan el único dinero que tienen para transportarse.
 


Como los funcionarios del CAI no les entregan dinero a los migrantes, ellos participan en el programa “cash for work”, donde reciben 35 mil pesos al día por limpiar el sitio. Muchos han traído a sus familiares con esos recursos.


 

Karla dijo que tenía miedo de cruzar la frontera pero necesitaba volver a Venezuela por sus hijos. “Los recogí, tomamos autobuses y dormimos la madrugada del lunes en el terminal”. Esta vez pudo guiar a sus hijos a través de La Raya con la certeza de que no dormirían en la calle. El 10 de septiembre, llegaron en la mañana al punto de atención y orientación de Paraguachón. 

Luego de superar los exámenes médicos, una buseta de Acnur recogió a la familia para llevarla al CAI. Ese carro repitió la ruta hasta llevar a otras 64 personas que también ingresaron ese día. A los pocos minutos de recorrido, las 60 carpas blancas con el logo de Acnur llenaron de alivio a los migrantes, que llevaban toda una mañana en los trámites de ingreso.

Una vez dentro del CAI, sigue el registro, que dura unas dos horas, dependiendo del número de familias que entren. A todos los migrantes les dan una porción de comida, les entregan kits y los llevan a una carpa, su nuevo hogar por un mes.

 

Jackson dice que cuando crezca quiere ser presidente y científico. En su maleta, que empacó en Venezuela, traía robots hechos con bolsas de plástico, con los que jugó durante la hora y media que duró el registro en el CAI. © Diana Rey Melo / Semana

Cuando ingresan al albergue los migrantes deben firmar, entre otros documentos, unas normas de convivencia. Allí se comprometen a no ingresar armas u objetos punzantes, ni animales de compañía, ni narcóticos o bebidas alcohólicas. Además, acceden a mantener sus carpas limpias y en buen estado. Apenas Karla llegó a la carpa empezó a limpiar, pues aunque sean cuidadosos, la arena rápidamente se empieza a comer todo.    © Diana Rey Melo / Semana


Un mes de vida

 

Karla culminó una travesía entre dos países y recorrió la frontera con cinco niños pero, ya en la carpa, su sonrisa no parecía tan amplia. Aunque los venezolanos y colombianos retornados prefieren vivir en el albergue antes que en la calle, el lugar está lejos de la utopía que los movió a esperar en la calle por un cupo.

Muchas familias pueden reunirse o fortalecerse, pero dentro del albergue conviven con un conteo regresivo permanente porque las horas están contadas. Además, para la mayoría, los 30 días resultan insuficientes.

Para Luisa, una joven wayuu que completó ocho meses de embarazo la primera semana de septiembre, el albergue ha sido un consuelo. Allí su hijo de cinco años está entretenido y seguro y ella recibe atención médica. Pero lleva un par de semanas en el CAI y está a punto de nacer su hija Jasai, que significa arena en wayuunaiki.

“Cuando me vaya de aquí tengo que volver a Venezuela porque en Colombia no conozco a nadie”, dijo Luisa, quien busca una reunificación con su esposo o con su madre para que la acompañen en el parto. Trata de no pensar en el día final y, aunque camina y habla con la serenidad de su pueblo, dice que le preocupa el futuro de sus hijos. 

 

En el albergue las familias pasan parte del tiempo cubriéndose del sol. La temperatura es tan alta que genera ronchas y alergias en la piel de los niños, según cuentan funcionarios del CAI. © Diana Rey Melo / Semana



La intranquilidad de Karla también surge a diario. Asegura que en Venezuela diagnosticaron a Jackson con autismo, y a Adonay y Ariana con asperger. Hasta ahora no les han realizado exámenes a sus hijos, pero Edwin Camargo, de Acnur, dice que Jackson “tiene comportamientos agresivos”

Por eso, ya les ordenaron una cita con un pediatra y van a apoyar a Karla en un proceso de solicitud de asilo. Mientras tanto, Acnur los dejará permanecer por algunos días más en el albergue. Cuando salgan recibirán kits de productos básicos como toallas, cepillos y jabón. Además, durante tres meses recibirán un subsidio económico.

Maritza y su nieta Luisana también soportan la presión del tiempo. La abuela, y ahora madre adoptiva, espera reunir el dinero suficiente para montar un negocio de repostería y establecerse en Maicao. Mientras la madre de Lusiana aparece, Maritza ahorra lo que puede ganar en el CAI y se aferra a la esperanza del subsidio futuro. 

 

Mónica y los otros hijos de Karla estaban felices al llegar a su carpa. Karla, en cambio, decía que el lugar estaba deteriorado y hacía mucho calor. Como otros migrantes comparten esta queja, en las próximas tres etapas del CAI, que instalarán el próximo año, Acnur planea incluir más unidades de refugio y menos carpas. © Diana Rey Melo / Semana



El fin de la ayuda económica al salir del CAI es el segundo conteo regresivo para los migrantes. Además, resulta más angustiante porque, según cálculos de Acnur, el 90 por ciento de los migrantes en el albergue no tiene en regla sus papeles. Eso significa que difícilmente conseguirán un trabajo bien remunerado o podrán acceder a servicios integrales de salud.

“Nosotros agradecemos todos los días que nos hayan dejado entrar acá pero, si no tenemos trabajo cuando se acabe la ayuda, nos va a tocar volver a la calle. Y allá yo no llevo a mis hijos”, dijo Karla. Ella y su novio planean llevar a los niños nuevamente a Venezuela si no encuentran empleo, pues al menos allá tienen un techo.

Aunque Federico Sersale, de Acnur, asegura que solo el 2 por ciento de quienes han salido del albergue vuelven a la calle, las cifras muestran que para la integración de los migrantes hace falta mucho más que el Centro de Atención Integral y que el apoyo internacional, que solo está pensado para complementar al Estado. Al final, tanto las ayudas como las reunificaciones tienen un plazo de tiempo, y las familias, como la de Karla, pueden separarse de nuevo.

 






¡Comparte!





Autorizo el tratamiento de mis datos conforme a la política de tratamiento de datos de SEMANA.