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La resiliencia de Mariela ante la xenofobia en Cúcuta

La resiliencia de Mariela ante la xenofobia en Cúcuta

Mariela Clemente Aponte tiene 54 años y 22 años como docente universitaria. En Colombia no ha podido ejercer su profesión. | Por: PABLO CASTILLO




Por: Milagros Palomares @milapalomares

marzo 08 de 2021

Las expresiones xenófobas que Mariela Clemente Aponte escuchaba en cada esquina del centro de Cúcuta las sentía “como una puñalada en su espalda”. En las noches se desvelaba, tenía angustia y se deprimía constantemente. La rechazaban y la agredían verbalmente por ser mujer y además por ser venezolana. 

 

Lo que sentía eran señales de un padecimiento común: violencia psicológica, en este caso ocasionada por insultos, amenazas e intimidación de personas desconocidas. “Veneca hijueputa, váyase para su país”. “Las venezolanas solo vienen a prostituirse y a quitarnos los maridos”. Estas fueron algunas de las frases que la gente le lanzaba en la calle al intentar vender galletas o cigarrillos en un canasto.

 

Mariela tiene 54 años. Llegó a Cúcuta el 2 de agosto de 2015, huyendo de la debacle en Venezuela. Es una licenciada en educación y pedagogía con 22 años de experiencia que dejó su título colgado en una pared de su casa en la ciudad de Barinas. No pudo apostillarlo debido a lo costoso del trámite en su país. Allá tenía casa propia y un empleo en una universidad, pero no tenía qué comer. Por eso decidió cruzar la frontera y luchar en Cúcuta por el futuro de su nieta Valentina.

 

Tocó puertas en almacenes, restaurantes y negocios para pedir trabajo. En muchas partes se las cerraban en la cara al escucharla hablar. No podía evitar sentirse afligida. Se sentaba a llorar en los parques cuando lo que recibía eran palabras obscenas por ser venezolana.

 

 

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Mariela Clemente es docente  desde hace 22 años. En Cúcuta brinda asesorías de tareas dirigidas a los vecinos de su comunidad. Cuando comenzó le llegaba un grupo de niños en la mañana y otro en la tarde. FOTOS Pablo Castillo

 

Según la Ley 1257 de 2008, por la cual se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres en Colombia, la violencia psicológica se define como el resultado de las acciones u omisiones destinadas a degradar o controlar las acciones, comportamientos, creencias y decisiones de otras personas por medio de intimidación, manipulación, amenazas, humillación, aislamiento o cualquier otra conducta que implique un perjuicio en la salud psicológica, la autodeterminación o el desarrollo personal.

 

De acuerdo con un boletín del Observatorio del Proyecto Migración Venezuela sobre violencia basada en género en el contexto de la migración, entre enero y septiembre de 2020 hubo un aumento del 92% (59 casos) de personas migrantes víctimas de violencia psicológica con respecto al mismo periodo del año 2019. La mayoría de los hechos se presentaron en junio de 2020. 


 

 

 

Las mujeres migrantes representaron el 88,6% (109) de todas las víctimas de violencia psicológica. Además, el 47,9 % de las víctimas migrantes por este tipo de violencia se concentró en el rango de 18 a 28 años de acuerdo con las estadísticas del Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila).

 

A cierre de 2020, la Defensoría del Pueblo registró 1.617 casos de violencia de género en las zonas fronterizas de Colombia. De estos, el 31%, es decir, 515 casos fueron en contra de mujeres y niñas en condición de migrantes, refugiadas o solicitantes de asilo.

 

En relación con los tipos de violencia que más afectaron a esta población el año pasado, el informe de la Defensoría del Pueblo mostró que la violencia psicológica fue la de mayor registro, con el 42%, seguida por la violencia económica (27%), la violencia física (18%) y la violencia sexual (6%).

 

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En los meses críticos de la pandemia, los vecinos se le acercaban a pedirle ayuda a esta migrante venezolana.  En el 2018 fundó una asociación para ayudar a adultos mayores a la que llamó Los Hijos de Dios. FOTOS Pablo Castillo

 

Mariela Clemente confiesa que solo pudo superar esos sentimientos de humillación cuando el año pasado acudió a la Casa de las Mujeres Empoderadas de Cúcuta, un programa nacional de la Vicepresidencia de la República de Colombia en alianza con el Programa de Alianzas para la Reconciliación de USAID y ACDI/VOCA y su programa DecidoSer.

 

Las terapias psicológicas, que recibió una vez a la semana durante tres meses, ayudaron a Mariela a quitarse de la mente la sensación de dolor y tristeza. Asegura que este tiempo le sirvió para no afectarse por lo que le diga la gente e interiorizar que todas las personas tienen muchas capacidades, independientemente de su nacionalidad.

 

“Yo voy a salir adelante. Ninguna palabra que me digan por ser mujer venezolana me va a opacar a mí”, se decía internamente al caminar buscando empleo. Finalmente una pareja de abogados la contrató como trabajadora doméstica.

 

En el barrio El Llano, de Cúcuta, a Mariela la conocen popularmente como “la profesora solidaria”, porque cuando no tenía un ingreso estable ella colocó un cartelito en la puerta de su casa ofreciendo asesorías de tareas dirigidas. La sala se llenaba cada día con 14 niños en la mañana y 14 niños en la tarde.

 

Aunque Mariela no lo admite por modestia, ella se ha convertido en una líder de su comunidad. En los meses más críticos de la pandemia los vecinos se acercaban a su vivienda a pedirle ayuda con el almuerzo pues sabían que ella siempre compartía. Y por algunos adultos mayores en situación vulnerable se atrevió a hacer mucho más: gestionó con instituciones o con líderes políticos para entregarles ocasionalmente bolsas de mercado. 

 

Su instinto de quitarse el pan de la boca para dárselo a las personas que más lo necesitan la impulsó a crear en el 2018 la Asociación Los Hijos de Dios, donde brinda ayuda a 30 personas de la tercera edad con ayuda de la Gobernación de Norte de Santander. Cada fin de semana realizan actividades con fisioterapeutas, juegos didácticos, charlas y recreación. Por cuenta propia Mariela incluso les tramita citas médicas, los acompaña cuando están enfermos, los baña y alimenta. 

 

“Esta iniciativa me ha cambiado por completo y me apasiona”, dice con alegría Mariela, que sin alardear ha empezado a dejar una huella positiva en el barrio donde alguna vez la rechazaron, pero donde ella decidió comenzar su nueva vida.

 

 

 

Atención psicológica oportuna en el tránsito migratorio

Los caminantes en movilidad se exponen a mayores riesgos de violencia durante su trayecto migratorio. La psicóloga Carol Stefanny Hernández, coordinadora de la Unidad Móvil de la Cruz Roja Colombia seccional Cundinamarca, explica que algunas migrantes atendidas en las vías y en los alojamientos transitorios han manifestado sentirse mal por la estigmatización de la población colombiana hacia las mujeres venezolanas. 

 

A las migrantes caminantes que han sufrido o que pueden estar en riesgo de sufrir algún tipo de violencia psicológica, verbal, económica o física las atienden de manera inmediata. Como no pueden hacer un proceso terapéutico continuo, Hernández refiere que les dan charlas sobre sus derechos, control emocional, resiliencia, empoderamiento y orientación para hacer frente a los diferentes escenarios en el tránsito migratorio.

 

En lo que va del año, la Unidad Móvil de la Cruz Roja ha brindado atención integral (medicina general, orientación legal y psicológica) en los corredores viales de Cundinamarca y en las localidades de Bogotá a 156 mujeres venezolanas y a 62 niños, niñas y adolescentes. 

 

La psicóloga afirma que han observado cierta dependencia emocional de las mujeres migrantes sobre sus parejas o sobre las personas que las han maltratado. Manifiestan miedo a no poder continuar solas el camino migratorio y salir adelante con sus hijos. En estos casos, los profesionales de la organización les informan las líneas de atención de entidades nacionales e internacionales que velan por los derechos de las mujeres, además las remiten a consultorios psicológicos gratuitos de diferentes universidades.

 






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