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Aulas en el desierto: garantía de educación para los niños migrantes en La Guajira

Aulas en el desierto: garantía de educación para los niños migrantes en La Guajira

En La Guajira, casi todas las comunidades tienen su propia escuela. El Instituto Etnoeducativo Maleiwamana está a 45 minutos de Uribia. | Por: VAMOS COLOMBIA




Por: Andrés Boscan

mayo 08 de 2019

A 45 minutos de Uribia, 'la capital indígena de Colombia', está el Instituto Etnoeducativo Maleiwamana, que significa "tierra de dios" en wayuunaiki. Allí conviven niños indígenas colombianos y migrantes venezolanos. Pero ante el aumento de la llegada de estudiantes desde el país vecino el lugar no tiene la capacidad de aceptar a más niños.


 

El Instituto Etnoeducativo Maleiwamana tiene nueve sedes.  Aunque esta es la más grande no tiene suficiente espacio para todos los niños que quieren ingresar.  | © Vamos Colombia



Unos 560 niños cursan desde prescolar hasta grado once en dos jornadas; una en la mañana y otra en la tarde. Al menos 60 niños venezolanos se matricularon en el último año. La rectora del colegio, Bibiana Constan, dijo que cada aula tiene capacidad para unas 35 personas y, como aumentaron los niños que quieren inscribirse, no pueden aceptar a más gente.

Por eso,  la principal misión del programa Vamos Colombia fue la construcción de un aula adicional. Esta labor reunió a 200 personas de 22 empresas del país que aceptaron el llamado a hacer voluntariado en comunidades vulnerables. El programa tiene el apoyo de la organización ACDI-VOCA, la Fundación Andi, el Ejército de Colombia y la embajada de Estados Unidos.

 

Los voluntarios apoyaron a la comunidad, experta en trabajar con materiales como el yotojoro.  | © Vamos Colombia



“Nos hemos visto en la necesidad de conseguir soluciones que nos permitan atender a esta población de niños, que viven en nuestra comunidad y necesitan un espacio que les permita formarse y desarrollar el conocimiento”, enfatizó Constan al exhibir la nueva aula del colegio. El salón fue construido con yotojoro, la madera que se extrae del cactus, recolectado por estudiantes.

La comunidad y los voluntarios de Vamos Colombia también renovaron la ludoteca, restauraron más de 150 pupitres, pintaron los salones de clase e instalaron un parque infantil.


 

Bibiana Constan, que dirige el instituto, busca alianzas con organizaciones para financiar las renovaciones que necesita el lugar. | © Andrés Boscan

José Miguel (izquierda), de 13 años, es el traductor de Junior, de 14. Los dos nacieron en La Villa del Rosario, la capital del municipio Rosario de Perijá, en el estado Zulia. | © Andrés Boscan



La interculturalidad
 

Su tono de piel delata que no es de allí;  en medio del revoloteo de los niños en el recreo, el acné en su cara y los cambios en su voz señalan que es un adolescente. No sabe hablar wayuunaiki y siempre lo acompaña su primo, su traductor. No entiende de juegos tradicionales y su entorno no se asemeja a las verdes praderas que dejó en La Villa del Rosario, en el estado venezolano de Zulia. Se llama Junior y tiene 14 años.

La madre de Junior es arijuna, que significa criolla, y su padre wayuu. Junior cursa sexto grado en el Instituto Etnoeducativo Maleiwamana, al que asiste hace tres años, cuando sus padres lo mandaron a vivir con sus tíos porque en Venezuela no les alcanzaba el sueldo para alimentarlo y enviarlo a la escuela. 

 

La nueva aula tiene 35 pupitres, que fueron restaurados por la comunidad y los voluntarios de Vamos Colombia. | © Vamos Colombia

 



El primo de Junior, José Miguel, quién se encarga de traducirle lo que los niños wayuu dicen, también viene de La Villa del Rosario. Asegura que fue fácil adaptarse pues solía visitar a sus familiares en el Cabo de la Vela, donde aprendió la lengua local y se familiarizó con las costumbres.

Según la rectora de la escuela, los desafíos más grandes que enfrentan estos niños en su proceso migratorio son los contrastes del plan de estudios de ambos países y la integración. “Los niños venezolanos son de mente abierta, más decididos. Muchos están acostumbrados a ver ambientes de violencia, inseguridad, perdieron la inocencia y eso es algo que en esta comunidad tratamos de preservar”, agregó.

Garantizar el derecho a la educación de todos los niños todavía es un reto para La Guajira y para Colombia, así como el acceso a servicios básicos como el agua potable o la energía. Sin embargo, desde Maleiwamana, la comunidad lucha por transformar su situación hasta que el lugar parezca, en efecto, la tierra de dios.

 

Este crónica fue escrita por uno de los asistentes al Encuentro de comunicación sobre migración mixta, realizado por Acnur y el Proyecto Migración Venezuela en Riohacha, los días 1 de diciembre de 2018 y 9 y 23 de marzo de 2019. El encuentro contó con la tutoría de Jose Guarnizo, editor general de Semana.com






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