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#10YearChallenge: el antes y el después de Venezuela

#10YearChallenge: el antes y el después de Venezuela

En la Venezuela de ahora el servicio de energía eléctrica ha disminuido su calidad. En Caracas los apagones son constantes. | Por: IZQ.: JUAN TELLO /FLICKR | DER.: @ILDETRIAS




Por: Leo Felipe Campos

enero 24 de 2019

Hace algunos días se viralizó un nuevo reto que consistía en publicar un retrato de hace diez años junto a uno actual. La intención, de alguna forma, era mostrar una obviedad: que el tiempo deja huellas. Hay quienes dicen que las comparaciones son odiosas; en especial, claro, para el que sale mal parado. Siguiendo este juego, y suponiendo que es posible otorgarle rostro y cuerpo a un país, ¿cómo se vería Venezuela si contrastamos su actualidad con la de hace una década?  

El pasado diez de enero, durante la toma de posesión presidencial y en medio de un clima tenso por su falta de legitimidad, Nicolás Maduro recordó su paso como obrero en el Metro de Caracas, un sistema de transporte que fue modelo ejemplar desde su inauguración en 1983, y que en 2019 luce sucio, descuidado e inseguro.

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2009

CABRUTA08 / FLICKR

2019

@EDIEQ / TWITTER

 

El servicio, que ya era caótico e insuficiente en 2009, hoy en día es la opción más viable para los habitantes de la capital, en especial los más pobres, porque conecta puntos distantes y es muy barato, a veces gratuito.

Aunque esto pueda parecer beneficioso, en medio de una hiperinflación sin precedentes tiene un alto costo: falta de aire acondicionado en trayectos subterráneos que pueden superar la media hora y un gran número de escaleras mecánicas dañadas, lo que resulta literalmente doloroso para personas de la tecera edad y con movilidad reducida.

Además, hay retrasos, averías, hacinamiento, vandalismo e inseguridad. El que fuera uno de los espacios más protegidos de Caracas, hoy muestra un aumento palpable en hurtos y robos a los usuarios. De este lado de la cara, la capital envejece mal.
 

 

¿Se ve enfermita o la foto está oscura?

En 2019, los servicios públicos en Venezuela son irregulares, a veces catastróficos. La atención en salud no llega a toda la población y fallan los hospitales, que por lo general no tienen personal ni medicamentos ni insumos para atender a sus pacientes.

El 12 de enero, solo un par de días después de aquel discurso de Maduro, el Hospital Universitario de Caracas sufrió un apagón de varias horas. Este hecho provocó la muerte de al menos dos pacientes que estaban en la sala de urgencias. La respuesta oficial de los responsables, eso sí, no ha variado un ápice desde 2009: “Fue un sabotaje”. Punto. “De la derecha”. Punto. El mismo lunar de siempre.

 

 

El año inició sin cambios aunque fuera cosméticos frente a sendos informes, recientes y lapidarios, que presentaron la Organización Mundial para la Salud (OMS) y Human Rights Watch (HRW). Para resumir: brotes de enfermedades como sarampión y difteria, ausencia casi total de tratamiento antirretroviral para personas con VIH y aumento drástico en los casos de tuberculosis y malaria.

¿Y cómo estaba en 2009? Para comparar, aquí va esta cita de Mirta Roses, médico argentina de RBM Partnership, entidad aliada a la OMS: “Venezuela, que fue líder en la eliminación de esta enfermedad (malaria) hace diez años, ha sufrido un gran retroceso". El país de la autodenominada revolución bonita registra hoy un 53 por ciento de los casos de malaria en toda América Latina.


 

2019

 @LUISKPARADA / TWITTER

 

En la Venezuela de 2019, los apagones y racionamientos de agua son constantes en todos los estados del país. Esto obliga a mucha gente a programar sus días en función de cuándo limpiar, cuándo lavar la ropa, cuándo cocinar, cuándo bañarse. También escasea de forma notable el alumbrado en calles, avenidas, autopistas y carreteras, lo que facilita la acción criminal de los hampones y la ausencia de ciudadanos en espacios públicos.

 

Antes se veía más risueña

En 2009, no es que Venezuela fuera un referente mundial en la prestación de servicios y la vida nocturna, pero sin duda era menos hostil con sus habitantes. En Caracas, por ejemplo, la oferta cultural de hoy no resiste comparación con la que había hace una década, ni hablar sobre confrontarla con otras ciudades del continente. 

Los colectivos de diseño y música electrónica, así como los bares con bandas de rock en vivo para el esparcimiento de un sector de la juventud, prácticamente han desaparecido. Resisten pocos. En 2009 una entrada a un local nocturno podía pagarla cualquier estudiante sin mayores recursos, iba de 20 a 50 bolívares fuertes y solía haber promociones que decían: “Chicas gratis antes de las 11:30 p. m.”.

Esa frase, que hace una década era común, en 2019 sería una verdadera rareza en Venezuela. Y no por el discurso de género, sino porque a esa hora son escasísimos los locales que se mantienen abiertos y mucho menos a la espera llegue más gente.
 

Si en 2009 aún había charlas, conferencias, ciclos de cine, talleres de danza, teatro o dramaturgia, conciertos, presentaciones de libros e inauguraciones expositivas, además de las ferias, bienales de arte y literatura, concursos y premios, en 2019 solo quedan esfuerzos, valiosos y justos, por sostener una pequeña porción de esas iniciativas.

 

2009

Plaza Venezuel era conocida por sus edificios con la taza de Nescafé y la bola de Pepsi en la punta de cada uno. Era un lugar icónico en Caracas pero hoy estas construcciones ya no existen.  | © PAULINO MORAN

 

El estado de las editoriales y las librerías también es desolador. Entre las dos grandes cadenas que había en 2009, a nivel nacional, sumaban más de treinta sucursales; en el 2019 solo quedan ocho, seis de Tecniciencia Libros y dos de Librerías Nacho. A lo largo del país han cerrado casi todas las pequeñas librerías de barrio que existían. Los números son exiguos. Si para muchos es difícil comprar pan y queso, qué queda para un libro. Aunque resisten sellos locales con un trabajo encomiable, las editoriales transnacionales que no se han ido están por hacerlo en este 2019.

Solo el casco central de la capital, donde han proliferado un puñado de cafés, evidencia cierta mejoría, producto de una inversión en adoquines, fachadas, iluminación y presencia policial, en contraste con el resto de parroquias y municipios. Sin embargo, los precios de sus productos son prohibitivos para cualquiera que no gane en moneda extranjera o al menos el equivalente a treinta salarios mínimos.

 

Se nota que tiene menos dinero

Hablar del poder adquisitivo es tan complejo como doloroso. En enero de 2009 el Banco Central de Venezuela sacaba pecho porque había cerrado el año anterior con un crecimiento del 4,9 por ciento. Su inflación de entonces, de 30,9 por ciento, era la mayor en sus últimos doce años y también la más alta de la región. Ya despertaba preocupación entre analistas macroeconómicos, pero no alcanzaba a ser un escándalo.

El salario mínimo de Venezuela era de 799,5 bolívares fuertes. Con eso se podía comprar, sin duda, un poco más de lo que se compra hoy. Aunque se acercaba el fin de la época de vacas gordas, aún se le veían a Venezuela los cachetes rozagantes. En la actualidad se le marcan todos los huesos de la cara. Se nota el hambre.

La inflación que estima el Fondo Monetario Internacional (FMI) para este 2019 es de 10.000.000 por ciento (diez millones por ciento). Una economía de delirio. Más allá de la precisión o no de la cifra que ofrece Alejandro Werner, director del departamento del Hemisferio Occidental del FMI, quienes viven en Venezuela saben que los precios suben todas las semanas. Y que hay semanas en las que suben casi todos los días.
 


El pasado 14 de enero Nicolás Maduro decretó un nuevo aumento del salario mínimo, esta vez en un 300 por ciento: de 4.500 pasó a 18.000 bolívares soberanos. Era la vigésimosexta vez que lo hacía en los últimos seis años. Por supuesto, no es una buena noticia. Así le va a su economía.

Para tener una idea concreta: amén de los productos regulados por el gobierno y de unas cajas con alimentos llamadas Clap, que distribuyen de forma discontinua y venden a precios subsidiados, el salario mínimo en Venezuela hoy en día alcanza para tomarse en la calle entre seis y once tazas de café al mes. No más. O para comerse entre ocho y doce empanadas al mes. No más. Pero es una cosa o la otra. Si se quiere un combo de un café más una empanada entonces son cuatro, cinco o seis al mes. Uno por semana más la ñapa.
 


Solo la maltratada economía diaria alcanza no digamos para un #10YearsChallenge, sino para varias tesis de doctorado.


 

Explicarle a un extranjero, incluso a un venezolano que lleva varios años fuera de su país, lo que ha pasado con la moneda, es casi un despropósito. Baste decir que en enero de 2009, el bolívar, la moneda oficial de Venezuela, cumplía su primer año con tres ceros menos y se llamaba “fuerte”. Bolívar fuerte. Así le puso el gobierno.

En enero de 2019 ya le habían quitado cinco ceros más. Ahora se llama “soberano”. Bolívar soberano.

Por supuesto, los billetes del cono monetario han cambiado. Lo que hace once o doce años costaba diez bolívares, hoy vale 1.000.000.000 (un billón). Póngale a sacar esa cuenta a los viejitos que suben a pie las escaleras mecánicas del metro.

 

Hoy se informa menos

En 2009 había en Venezuela más medios de comunicación que ahora. Ese año el entonces presidente Hugo Chávez no les renovó la concesión a 34 emisoras de radio que formaban parte de un circuito nacional, dando un nuevo paso en el establecimiento de su hegemonía comunicacional, que consistía en atacar y debilitar a los medios privados, y secuestrar los del Estado para establecer una programación segregacionista, que excluyera por completo la pluralidad política y la posibilidad de disentir. Pura propaganda.

En 2019, son 99 los medios radioeléctricos que han sido cerrados por el chavismo, según el Instituto Prensa y Sociedad en Venezuela (IPYS). Gracias a compras, demandas y sanciones administrativas, los medios críticos fueron silenciados o neutralizados. Solo desde 2013 han salido de circulación 66 diarios impresos. El último de ellos fue El Nacional.

 

 

sad | Este es el mensaje que envió Miguel H. Otero el día que se imprimió la última edición de El Nacional.


En la foto de 2019 aparecen, con hidalguía y buen trabajo periodístico, portales digitales. La población se informa sobre todo desde sus celulares, pero la mayoría no tiene acceso a internet y la conectividad, para sorpresa de nadie, es la peor del continente.

 

Mantiene esa mirada nerviosa

Una selfie de Venezuela a inicios de 2009 probablemente la hubiera mostrado crispada por el proceso electoral de febrero, que resultaría determinante para su futuro: el referendum aprobatorio de una enmienda constitucional que se inventó el partido de gobierno, Psuv, con Hugo Chávez a la cabeza, para aprobar algo que ya había sido rechazado por el pueblo en unas elecciones de 2007.

Se trataba de la posibilidad de reelección indefinida, tanto del Presidente como de cualquier otro funcionario público electo por votación popular. Fue entonces cuando nació el famoso grito de “¡uh, ah, Chávez no se va!”. Esas elecciones las ganó el gobierno y, en efecto, Chávez no se fue.
 


Uno de los pocos rasgos que se han mantenido casi intactos a lo largo de la última década es la pequeña arruga del discurso chavista.


 

Palabras más, palabras menos, repite que los medios de comunicación privados, de conducta fascista, le pertenecen a una burguesía que se rinde a los chantajes de los partidos de oposición, adoradores del imperio, y le dan la espalda a los sectores populares y revolucionarios. La responsabilidad de los males que padece el país que ellos conducen es siempre del otro, por supuesto. Por lo general de Estados Unidos, pero también de Colombia, ¿por qué no?

En cambio, una diferencia institucional con el retrato de hoy es que en 2009 la Asamblea Nacional era eminentemente controlada por el Psuv, mientras que en 2019 tiene una mayoría conformada por partidos de oposición. Esto ha llevado a que, impulsada por vacíos y violaciones legales mediante una elección en 2017 carente de legitimidad, en la que no participó la oposición, exista también una Asamblea Nacional Constituyente. Y allí están hoy los gobernantes de la dictadura, haciendo pulso adentro y afuera, procurando ser reconocidos como demócratas.
 


Valga decir que a la posesión de Maduro en 2019, de todos los mandatarios de América Latina solo fueron cuatro.


 

Evo Morales, de Bolivia; Miguel Díaz-Canel, de Cuba; Salvador Sánchez Cerén, de El Salvador; y Daniel Ortega, de Nicaragua. Los únicos procedentes de fuera del continente americano fueron los presidentes de Osetia del Sur, Anatoli Bibílov, y de Abjasia, Raul Khajimba, dos países no reconocidos por la ONU.

Las primeras semanas de este 2019 han sido de alta tensión. A la poca legitimidad de la dictadura de Maduro se le ha sumado un factor inesperado, el surgimiento de la figura del nuevo presidente de la Asamblea Nacional, el joven Juan Guaidó, que ha logrado revivir y aglutinar a distintos actores de la oposición para reactivar las concentraciones civiles en las calles mediante cabildos abiertos. El ambiente es tan tirante como incierto es el futuro próximo, pero algo es irrebatible: entre la esperanza de cambio en unos y el escepticismo en otros, en el país de 2019 se respira angustia.

 

Este 23 de enero Guaidó se juramentó como presidente interino de Venezuela y cuenta con el respaldo de la mayoría de países latinoamericanos. 
| © @jJGUAIDO / TWITTER

 

Tiene a su familia rota

Que esta sea la última relación a establecer es a propósito, porque si algo define a la Venezuela de 2019 es que más del 10 por ciento de su población ha decidido marcharse en los últimos cinco años. En América Latina no ha habido un proceso migratorio tan masivo y acelerado como este. 

Si en 2009 alguna persona con influencia en los medios hubiera pintado el panorama que hoy protagonizan los venezolanos viajando a pie o en autobús, atravesando países y dejando atrás sus pertenencias e incluso a familiares cercanos, muy pocos lo hubieran creído.

 

La ONU estima que a finales de 2019 habrán salido más de 5,3 millones de Venezuela.  | © ORGANIZACIÓN INTERNACIONAL PARA LAS MIGRACIONES (OIM)

 

Claro está, la concentración extrema en un dato muchas veces impide ver otro. Muchos se han marchado de su tierra para buscar un mejor futuro en el extranjero, pero en los pueblos y ciudades de Venezuela queda ese otro 90 por ciento que vive, resiste, trabaja, emprende, lucha, viaja, compra, se enferma, experimenta, sufre, sueña y también extraña a los que se han ido.

Por fortuna, aquí, en este medio, para entender mejor de qué se trata todo esto, hay no solo una foto, o un par de selfies, sino un álbum que ya comienza a llenarse.

 

 






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