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Los venezolanos llegaron para quedarse

Los venezolanos llegaron para quedarse

Luis y Daniel viven en la localidad de Kennedy y trabajan en un taller. | Por: MIGUEL GALEZZO




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diciembre 05 de 2018

Yaniela Silva es una venezolana de 23 años que llegó a Colombia con su hermano Eloy, de 22 años, después de vender todo lo que tenía en su país para costear el viaje desde Valencia hasta la frontera, pagarle a un hombre para que la pasara por una trocha, y gastar el dinero que le quedaba en un bus que –pensó ella– los llevaría de Cúcuta a Medellín. Terminó en Bogotá sin un peso, sin pasaporte y sin nadie a quién acudir. Pero decidida a quedarse. “Porque para Venezuela no quiero ir. Ni a palo. Eso es de terror allá”.

Para miles de migrantes venezolanos, al igual que para Yaniela, lo más duro no es cruzar la frontera sino sobrevivir en la ciudad.

 

Migrantes recién llegados caminan con sus maletas por las calles cercanas a la terminal de transportes de Salitre, en el norte de Bogotá. © Miguel Galezzo


 

De acuerdo con cálculos del Observatorio de Proyecto Migración Venezuela unos 428.800 venezolanos –casi la mitad de los que llegaron al país en el último año– tienen la intención de quedarse por al menos seis meses. El cálculo surge de datos de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) del Dane que a julio de este año estima que, de estos, el 25% se encontraba en Bogotá. Es decir, uno de cada cuatro venezolanos que tenía el objetivo de instalarse temporalmente en Colombia había decidido hacerlo en la capital del país.

Se sabe que esta es una cifra imperfecta porque cada día son más los venezolanos que cruzan la frontera. Cristian Kruger, director de Migración Colombia, cuenta que según los últimos registros de entradas y salidas de los puestos de control fronterizo un promedio de entre 50.000 y 60.000 venezolanos se quedan dentro del territorio colombiano todos los meses. 

Para ellos, las principales ciudades del país son las más atractivas. “Muchos de los migrantes que llegaron el año pasado tenían un amigo, un familiar o un conocido. Hoy estamos viendo que ya no tienen ese arraigo y terminan en las ciudades capitales porque pueden conseguir más fácilmente un trabajo que les dé recursos para sobrevivir y enviar remesas a Venezuela”, explica.

 

 José Daniel Gómez y Luis Alberto Torres llegaron de Venezuela hace menos de un año a Bogotá, y trabajan como mecánicos en un taller en Kennedy. © Miguel Galezzo


 

El reto de integrarlos

Valdete Willeman dirige la Fundación de Atención al Migrante (Famig) de la Arquidiócesis de Bogotá que cuenta con un hogar de paso al que llegan, en promedio, unas 50 personas cada semana. Cuenta que la mayoría son venezolanos jóvenes con hijos. “No tienen el Permiso Especial de Permanencia (PEP) y tampoco tienen un pasaporte sellado entonces las dificultades para ellos son muy grandes”, cuenta.

El PEP es un documento creado por el Ministerio de Relaciones Exteriores en 2017 para regularizar de forma temporal la situación de los venezolanos que contaban con un pasaporte. Tiene una vigencia de dos años y hace las veces de una identifican: permite trabajar, afiliarse al sistema de salud, matricularse en instituciones de educación pública y abrir una cuenta bancaria, por ejemplo. Pero el plazo para que los migrantes sacaran este permiso terminó el 7 de junio, y desde entonces el gobierno no ha hablado volver a abrir esta vía

En ese momento, se habían expedido 181.472 en todo el país; un número muy pequeño teniendo en cuenta que para la misma fecha se calculaba que ya había 935.000 venezolanos en Colombia. Esto quiere decir que no solo muchos de los que estaban en el país en ese momento se quedaron por fuera, sino que un venezolano que tenga pasaporte, pero cumpla hoy tres meses en territorio colombiano no tiene cómo regularizar su situación migratoria.


“Debemos actuar de manera responsable. Mal haríamos en regularizar a toda la población extranjera que llega porque esto solo generaría la multiplicación de un fenómeno de Venezuela en otros países”

Cristian Kruger
 
director de Migración Colombia


 

Kruger explica que se está respondiendo al fenómeno desde distintos niveles que implican la creación de una Ley Migratoria nacional para flexibilizar las normas actuales, pero también hablar con otros países de la región para que reciban a los migrantes. “No es un fenómeno de Colombia, Perú, o Ecuador, pero sí estamos todos llamados a responder”.

Mehmet Ozkan, experto en migración y profesor de relaciones internacionales en Turquía, advierte que otras experiencias sobre inmigración han demostrado de que solo un tercio de los migrantes regresan a su país de origen, por lo que recomienda decidir qué se quiere hacer con la migración, y construir un discurso frente al tema. “Es un reto para Colombia, y a la vez es una oportunidad para reorganizar el Estado, las instituciones y el sistema”, afirma.

Conscientes de la magnitud de esta migración, en septiembre la Alcaldía de Bogotá anunció la creación de una gerencia dedicada a atender la migración venezolana con el fin de articular una serie de medidas sociales que hoy son responsabilidad de distintas dependencias. Además, el acalde Enrique Peñalosa informó sobre la adecuación de una oficina en la Terminal de Salitre para orientar a los migrantes recién llegados, y la habilitación de al menos cincuenta albergues temporales en la ciudad.

En noviembre, la Alcaldía trasladó a los venezolanos que acampaban cerca de la Terminal del Salitre a un campamento humanitario. © Miguel Galezzo


 

Estas medidas están pensadas para atender, sobretodo, a los venezolanos que llegan sin dinero y sin documentos. Pero no resuelven su principal problema: lograr integrarse a la sociedad legalmente. Cristina Vélez, Secretaria de Integración Social, ha estado al frente de este tema desde sus inicios, y afirma que la ciudad está respondiendo mientras esperan que desde el gobierno nacional se regularice a los migrantes.

Reconoce, sin embargo, que las respuestas del gobierno van a un ritmo mucho más lento en comparación con el del crecimiento del número de migrantes. “Siendo muy eficientes nos demoramos un mes haciendo el traslado presupuestal entre proyectos para poder atender la situación. Y eso es a toda velocidad. Pero un mes significa que pasamos de tener 220 a 390 personas en el bosque –el sector cercano a la terminal de transportes de Salitre en donde acampan los venezolanos–”, ilustra.

A largo plazo, la gran apuesta del gobierno local son los Centros de Atención e Integración al Migrante que funcionarán como centros comunitarios para los venezolanos en los que se les dará información sobre la oferta del gobierno local o nacional en salud, educación y asesoría jurídica, entre otros. El primero está siendo adecuado en Teusaquillo, y debió abrir sus puertas en septiembre.


Una oportunidad

En Bogotá, los migrantes venezolanos deben dejar de ser vistos como un problema. La mayoría vive en las localidades de Bosa, Suba y Kennedy. Luis y Daniel viven en esta última. Llegaron a comienzos de este año y trabajan como mecánicos en un taller. “Nuestras jornadas son de más de 12 horas porque nosotros queremos y para adelantar trabajo”, cuenta Daniel. Gana un poco más del mínimo, pero solo se gastan unos $100.000 en un mercado para todo el mes, y otros $180.000 en la pieza que comparte con otros tres familiares. El resto lo manda a Venezuela. “Yo no me vine aquí a pasear, a pasarla rico, Yo me vine porque realmente allá las cosas son insoportables”, dice Luis.

Para Cristina Vélez integrar a los venezolanos sin despertar recelo entre los colombianos es probablemente el reto social más grande que va a vivir la ciudad en mucho tiempo. “Bogotá es una ciudad que se está envejeciendo y la posibilidad de tener migrantes jóvenes ya formados es un regalo demográfico. Pero tenemos que generar unas ayudas mínimas para integrarlos y no crear más problemas que afectan a los bogotanos”.

 

Identificar las oportunidades que trae consigo este fenómeno pasa por reconocer que, al final, este es un tema humanitario que le compete a toda la sociedad. Como señala la filósofa española Adela Cortina –quien acuñó el término aporofobia para hablar sobre el rechazo a los inmigrantes pobres–, “uno de los retos del siglo XXI son las crisis de refugiados políticos e inmigrantes pobres que han cobrado proporciones inusitadas y ponen a prueba nuestro sentido de la justicia”.

Este artículo fue publicado en la edición No. 1902 de la Revista Semana. 

 






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