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Marchar por el orgullo lejos de casa: 'drag queen' y migrante en la inmensa Bogotá

Marchar por el orgullo lejos de casa: 'drag queen' y migrante en la inmensa Bogotá


Por: Santiago Ramírez

A Luis el mundo se le vino encima cuando asimiló que por la crisis tendría que vender sus tres casas y sus tres restaurantes con los que se mantenía hace tres años en la inmensa Caracas.


Empacó maletas con lo poco que tenía y emprendió el viaje con su perrita Laila. Se consiguió los permisos para pasar de un estado de Venezuela a otro hasta llegar a San Antonio. Ahí no tuvo otra que aravesar las trochas, lejos de la legalidad. 

 



La Guardia Nacional Bolivariana asesinó a golpes a Laila. Y desde la frontera a Luis le tocó seguir su incierto camino en solitario.  Las noches de competencias de drag queen en Caracas también quedaron atrás. La escena, llena de divas de la noche que cambian sus nombres originales por otra identidad y bailan en tarimas con espectáculos más performáticos que musicales, desapareció de su vida

La llegada fue más que caótica. Una vez en Colombia tuvo que pedir plata porque sus casas y su trabajo no le dieron para pagar los imprevistos de un viaje tan largo por tierra. Una vez logró llegar a la mutante Bogotá su opción no fue otra: seis meses como prostituta en el barrio Santa Fe. 

Entre noches de humo de cigarrillo, mucho alcohol, clientes y bares, Luis tuvo la oportunidad de seguir siendo Samantha, la diva caraqueña, de peluca labial y tacones, que competía en los antros con otras drag queen por ser la más derrochadora de talento.

 

En una de esas, a Samantha se le atravesó por el camino Samir, un consejero de la localidad de Engativá y sin pensarlo dos veces le dijo a Samantha que se fueran a vivir en un apartamento al occidente de Bogotá donde había más venezolanos que estaba ayudando. Ese fue el tiquete de salida de Luis de las oscuras calles del Santa Fe. 

Bogotá ha vivido un crecimiento de la escena drag queen. Todas las noches de viernes puede haber más de una presentación, hay casas, temáticas específicas y aceptación en las calles. “Creo que hay un crecimiento porque muchas son venezolanas”, dice Samantha. 

 



Alcanzamos a ser como unos 20 venezolanos gracias a la ayuda de Samir y de Gustavo Toscano”, dice Luis recordando a las dos personas que lo sacaron de allí. La propuesta fue sencilla, pagaría lo mismo por el alquiler y la comida como el resto, y le ayudarían a conseguir un trabajo. 

Hoy Luis trabaja como enfermero, y cuando tiene presentaciones se convierte en Samantha. Bajo ese nombre deslumbra en tarimas presentando los bailes que ha aprendido, danza árabe entre ellos. Para muchos migrantes es difícil creer que una ayuda como la que ha tenido Luis sea algo que en verdad pueda pasar.

 



Gustavo Toscano murió de una infección pulmonar “y ahora lo tenemos en el cielo”, dice Samir, que hace presentaciones cada ocho días con Samantha. Toscano fue miembro del Colegio del Cuerpo y viajó por el mundo mostrando su arte. Luis es uno de esos pupilos que siguen hoy su filosofía. 

Toda la familia de Luis está en Colombia, pero él es el único que vive en la gigante Bogotá. Tiene el pelo corto, un tatuaje minimalista oculto en las costillas, y un tierno espacio entre los dientes que muestra con orgullo cada vez que sonríe. 

 



En el apartamento en Álamos la ropa se mueve de un lado a otro, hay maquillaje, mucha piel, improvisaciones mientras los labios se colorean y los vestidos esperan lucirse. Faltan pocas horas para que la marcha del orgullo comience en Bogotá y Luis se convierta en Samantha.

Una vez en Chapinero, donde comenzó, todo el mundo se le quiere acercar para una foto, para grabar su estrambótico baile rebelde o para inmortalizar una sonrisa divertida. Luis adoptó a una perrita de nombre Sasha que vive con él y le recuerda que el amor sí es más fuerte que el odio.

 






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