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"Mi calvario es que mi hija vea cuando mi esposo me maltrata"

"Marlene" es una migrante venezolana que tenía un trabajo estable en el Ministerio Público, en Caracas. En 2017 se radicó en Cartagena. | Por: YOMAIRA GRANDETT




Por: Juan David Naranjo Navarro @JDNaranjoN

marzo 08 de 2021

Antes de que salga el sol, Marlene empieza a preparar el café con el que llena los termos que la acompañan todo su día en las calles de Cartagena. A las 6:00 de la mañana, después de preparar el desayuno para su hija de ocho años, sale a hacer el recorrido que ha memorizado con sus pies.

 

De su casa, en el barrio Olaya Herrera –uno de los más pobres de la capital de Bolívar, muy cerca a la Ciénaga de la Virgen-, camina hasta el Centro Comercial Los Ejecutivos a unos 30 minutos. Luego toma la Avenida del Consulado y arrastra su carrito con termos hasta el Hospital Universitario del Caribe, en una travesía que puede durar hasta tres horas dependiendo de los clientes que encuentre ávidos de tomarse un tinto. Recorre unas cuadras alrededor durante unas horas más y emprende el regreso a su casa, donde su hija la ha esperado todo el día encerrada.

 

Marlene llegó a Colombia en enero del 2017 desde Caracas, la capital venezolana. Pese a que tenía un trabajo estable en el Ministerio Público, la falta de empleo de quien llevaba dos años siendo su novio los impulsó a salir del país para buscar un mejor futuro para ambos. Él llegó con 40 años y ella, con solo 24, ilusionada porque su amigo de infancia le había vendido a Cartagena como un lugar lleno de oportunidades.

 

La realidad no fue así. Los únicos 50 mil pesos con que llegaron a Colombia los usaron para pagar los primeros cinco días de la habitación donde se hospedaron, en una pensión cerca al centro histórico de la ciudad. Estaban seguros de que conseguirían un trabajo pronto. Pero pasaron cuatro días y sus estómagos alertaron la falta de alimento.

 

“Yo pensaba que me iba a morir —cuenta Marlene—. Me sentí tan débil como nunca me había sentido y por un momento las piernas ya no me respondían”. Su primer bocado fue un trocillo de pollo y un café que les regaló un señor en la zona turística de la ciudad. Él mismo ayudó a Benjamín a conseguir su primer empleo en un lavadero de carros.

 

A Marlene, un venezolano que también se hospedaba en la pensión le prestó un termo para que empezara su negocio de tintos. Así lo hizo. “Menos mal que al principio no me traje a mi hija porque una cosa es que yo aguantara hambre, pero otra hubiera sido que ella lo hiciera”, dice hoy. A su pequeña, que para entonces tenía cuatro años, la dejó con sus padres. Solo unos meses después pudo traerla a vivir con ella y Benjamín, que no es su padre biológico.

 

En un acto de principiante, los primeros recorridos con el termo los hizo con sandalias. Al final de la tarde, sus pies ardían llenos de ampollas. Sin embargo, y pese al dolor, su cara empezaba a iluminarse con la esperanza de que por fin los dos podrían trabajar para salir adelante. A ella no le importaba no ejercer su carrera de Derecho, de la que se había graduado hacía dos años en la Universidad Central de Venezuela. Lo importante, dice, era hacer la plata para pagar el techo y la comida.

 

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En el barrio Olaya Herrera, una de los más pobres de la capital de Bolívar, esta venezolana decidió vender tintos para conseguir ingresos. Mientras ella trabaja todo el día su hija de ocho años la espera en su casa. FOTOS Yomaira Grandett

 

“Yo venía con el amor de vida a empezar una vida nueva. Pero no sabía que me iba a tocar tan duro cuando llegara”, dice con algo de desazón. Los problemas con Benjamín, con quien nunca había convivido, no tardaron en aparecer. “Desde que llegamos, la relación ha sido muy complicada. Ha sido duro vivir juntos y enfrentar realidades que son fuertes, dificultades económicas, estrés, soledad, nadie que te apoye”, cuenta Marlene, con una dificultad para poner en palabras lo que él le ha hecho.

 

Los problemas casi siempre se originaban en la frustración por los pocos recursos que recogían durante el día. “Él vende jugos y la mayoría de su plata es en monedas. En una ocasión al parecer no encontró las monedas completas y, aunque ella le dijo que no se había gastado nada, la arrastró por el piso y la golpeó”, cuenta una de sus vecinas, a quien Marlene envió una nota de voz llorando en la madrugada.

 

“Él mismo me comentó que no era posible que ella gastara plata porque había que ahorrar para enviarle a la familia de él en Venezuela”, completa Osmairo Maza, un líder comunitario del Olaya Herrera que ha seguido el caso de cerca.

 

De acuerdo con la legislación colombiana, que tipificó la violencia contra las mujeres en el código penal, la violencia económica se presenta cuando a las mujeres se les limita y controla el uso del dinero, o se les restringe el uso de pertenencias y documentos personales. El delito puede resultar ambiguo e incluso en las estadísticas sobre violencia de género no aparecen cifras al respecto.

 

Por eso, aunque Marlene lo ha vivido en carne propia, no es consciente de ello y solo logra reconocer como maltrato las ocasiones en que Benjamín la ha golpeado. “Él me ha maltratado en varias oportunidades. Me ha pegado como seis veces cuando se le ha metido el diablo”, dice mientras baja el volumen de su voz.

 

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El recorrido de Marlene puede durar tres horas, desde el barrio hasta el Hospital Universitario del Caribe, en Cartagena. Aparte de tintos también vende gaseosas y hace envíos de dinero a Venezuela. FOTO Yomaira Grandett

 

“Cuando ellos llegaron, Marlene no tenía derecho a salir con su hija ni a comprarle un helado, porque él le decía que ellos no habían venido a Colombia a jugar sino a trabajar y que todo el dinero que hicieran se tenía que utilizar en las cosas de la casa”, dice Osmairo. “Él tomaba el dinero que producían los dos durante el día y decidía qué se hacía con este, con la excusa de que ella no era buena administradora”, agrega.

 

Ni los vecinos, ni Osmairo, ni Marlene creyeron que esta conducta era considerada un delito. Hoy, con algo de pena, ella dice que la situación se le salió de las manos. “Lo peor de todo es que en Venezuela yo trabajaba en una fiscalía especializada y muchas veces me tocó dictar charlas contra la violencia intrafamiliar —reconoce Marlene—. Pero no sé cómo me cegué, perdí el amor propio por querer que una relación funcionara y temía que nos separáramos porque me había venido de Venezuela con él y las dificultades económicas eran muchas”.

 

En la Fundación Cartagena Siente, donde Marlene asistió a unos talleres sobre empoderamiento, crecimiento personal y emprendimiento, han identificado que las mujeres venezolanas son especialmente vulnerables a este tipo de violencia por la escasez de recursos y la falta de redes de apoyo. Su directora, Laura Forero, explica que al ver esta situación decidieron incluir en la iniciativa estrategias para que las mujeres pudieran montar sus propios negocios y tuvieran mayor autonomía económica.

 

Para las venezolanas en Colombia conseguir un empleo no resulta nada fácil. De acuerdo con el último informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), la tasa de desempleo para las venezolanas que llevan menos de un año en el país se ubicó en 36,6 por ciento, mientras que para las mujeres radicadas hace más de un año fue del 29,1 por ciento, dos cifras muy superiores a las de los venezolanos y las de sus pares colombianas.

 

Además, de acuerdo con el reciente boletín del Observatorio del Proyecto Migración Venezuela sobre brechas laborales, cuando tienen empleo su ingreso promedio es considerablemente más bajo que el de los venezolanos migrantes y las mujeres colombianas. Mientras sus connacionales hombres ganan 892.196 pesos en promedio mensualmente y las mujeres colombianas tienen un salario mensual promedio de 1.087.242 pesos, las venezolanas migrantes solo se hacen al mes 656.054 pesos.

 

 

 

Marlene dice haber llamado a la Fiscalía a denunciar cuando ha sido maltratada, pero nunca ha llevado el caso a los estrados judiciales. Hoy sigue viviendo con Benjamín y ha empezado a esconder los pesos de más que hace en su negocio para poder comprarle una bicicleta a su pequeña. “Mi niña ha presenciado varias veces cuando él me golpea y eso se le ha quedado grabado. Ha habido ocasiones en que de la nada me pregunta si Benjamín me quiere quitar la cabeza, recordando el momento en que me arrastró del pelo. Cuando ella me pregunta eso, yo siento que me parto por dentro”, lamenta Marlene, quien ha notado que su pequeña muestra algunos síntomas de trastorno psicológico.

 

"Mi calvario es que mi hija vea cuando mi esposo me maltrata”, dice Marlene con la cabeza baja. “Yo no quiero tener más fracasos. Yo solo quiero tener una vida normal y tranquila, prosperar y darle una buena vida a mi hija”, expresa esta mujer, que en los últimos meses ha empezado a vender múltiples productos por las redes sociales y espera montar su propio negocio.

 

Desde diferentes organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres se han pronunciado sobre la necesidad de acciones a favor de las migrantes por la vulnerabilidad en que se encuentran. En Cartagena se estima que hay más de 25 mil venezolanas y Marlene solo es uno de los casos de violencia económica que ocurren ante el desconocimiento de las víctimas y de las instituciones, que no siempre tienen rutas para atender este tipo de maltratos. Como la misma Marlene lo dice, lo más importante de atender estas violencias es que los niños como su hija no las normalicen o reproduzcan en el futuro.

 

 

*Los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger la identidad y la integridad de la víctima.

 






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