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La decisión de mi vida

La decisión de mi vida

Escapando de su país, son miles los venezolanos que llegan a Colombia en busca de un futuro mejor. | Por: NOTICIAS 24 MUNDO.




Por: Antonio Navarro Ferrer

December 14 de 2020

Me llamo Yurkey y estoy a punto de tomar la decisión más grande de mi vida. Son las 8 de la mañana y los fogones están apagados. Los niños comienzan a levantarse y se acercan sigilosamente a la cocina con la esperanza de encontrar algo de comer. Todos me miran y, al igual que otros días, les digo lo mismo: “lo siento, niños, hoy tampoco hay nada”.

 

Mientras Yurley estalla en llanto, mi mente se ilumina. Les digo a los niños que aguarden un momento. Creo que les puedo preparar unos espaguetis que quedaron de ayer. Llena de tristeza, vierto en la olla un paquete que me regalaron y le agrego un poco de sal. Luego tomo en los brazos a Yurley, apretándola contra mi pecho. Transcurridos más de quince minutos, el olor del engrudo inunda el ambiente, pero los ojos de los niños se llenan de regocijo, como si olieran el más rico manjar.

 

Tomo unos platos y sirvo en ellos la pasta. Por alguna razón, quisiera tener poderes mágicos y convertir aquella cosa en un plato de revista, pero pronto vuelvo a la realidad. Luego llamo a los niños para que coman algo y llevo a la boca un poco de los pálidos filamentos, animándolos a que hagan lo propio. Es tanta el hambre, que los niños devoran los espaguetis en medio de un silencio ceremonial que solo interrumpe un eructo de Fabián.

 

 

Me alejo un poco de los niños y me llevo las manos a la cabeza. De nuevo comienzo el recorrido que en días pasados había tejido mientras observo las pocas cosas que nos quedan. Creo que llegó el momento, pienso. Recojo mi cabello con un gancho, me cambio la blusa, me calzo y salgo presurosa de la casa, no sin antes decirles a los niños que me esperen un rato. Toco la puerta de la vecina y le pido el favor de “echarles un ojito” a mis hijos. Enseguida recorro las calles del barrio. Por fin encuentro al señor ‘Moncho’, un comprador de cosas. Le ofrezco lo poco que queda en casa. Y aunque su oferta no es la mejor, acabo aceptando y me voy con unos pocos bolívares entre el bolsillo.

 

El dinero que me paga ‘Moncho’ es lo único con que cuento para llegar a la frontera con Colombia. El calendario en la pared indica que es 11 de septiembre, mientras que el noticiero de televisión recuerda el día ya lejano en que cayeron las Torres Gemelas. Las imágenes refuerzan en mí la terrible situación que vive mi país. Sacudo la cabeza y regreso a la realidad. Debo correr presurosa para abordar el destartalado carro en el que viajaremos. En un rincón, acomodo los pocos corotos que llevamos.

 

Después de un largo y tortuoso viaje, llegamos a la entrada del Barrio Simón Bolívar, en Barranquilla, donde nos espera una hermana. Cansados y hambrientos, iniciamos el camino hacia el nuevo lugar en que esperamos encontrar trabajo y comida. Respiro profundo. Por fin llegamos al sitio donde vamos a instalarnos. La verdad siento algo de miedo. Las calles destapadas, llenas de aguas sucias, y las casas improvisadas, como hechas a la carrera, configuran un marco poco agradable.

 

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El hambre y la inseguridad alimentaria es un de los principales motivos de salida de venezolanos de su país. FOTO: Milena Bernal Becerra

 

“Todo es para mejor”, me digo respondiendo a la pregunta que realizaba el promotor social de la entidad que me habían recomendado. Tengo tres hijos, dos niñas y un niño. Llegamos ya hace unos días. Lo dejamos todo en Venezuela. Mi esposo viajó hace más de dos años y está en Ecuador, donde no le ha ido bien. Hace más de tres meses que no hablamos. La última vez lo sentí muy triste. A punto de llorar, me dijo que unos amigos que conoció le propusieron llegar a Chile. A raíz de todo esto, tome la decisión de venirme con mis hijos hasta acá. Mi hermana ya tiene dos años de estar en Colombia.

 

Yurley, mi hija menor, comienza a llorar porque no ha comido desde ayer. Lo poco que gané no alcanzó. Entonces desabrocho mi blusa y le doy mi seno.

 

—¿Qué edad tiene la niña? -me pregunta el trabajador social.

Yo lo miro fijamente antes de responder.

—¿Por qué se vinieron de su país? —me pregunta ahora

Yo sacudo suavemente mi ropa gastada, bajo la mirada, mi voz se quiebra.

— No teníamos qué comer. No tenía trabajo, pues el almacén donde trabaja cerró y no nos pagaron -respondo.

 

Antes de que el interrogatorio siga, le digo: “Perdone, señor, ¿usted cree que sí puedan ayudarnos? Necesito algo de dinero para comprar algo de alimentos, dejé a los niños con mi hermana y ella tampoco tiene nada. Una vecina me sugirió que viniera hasta acá porque le dijeron que ustedes ayudan a los venezolanos”.

 

El joven deja de escribir y me mira. Comienza a explicar qué es lo que ellos hacen y cómo apoyan a los venezolanos. Mientras lo escucho, mi rostro se ensombrece. Entiendo que allí podré encontrar algo, pero que no de inmediato. Hay que reportar mi caso y esperar a que aprueben un dinero.  “Vamos a hacer todo lo posible para recomendar su caso”, me dice el trabajador.

 

Asiento con mi cabeza. Enmudezco. Pasan unos minutos largos. Aparto a mi hija del pecho me dispongo a partir. Cuando me alejo, oigo los pasos de un joven que sale presuroso de su oficina y me dice: “por favor, espere. Con el sudor brillando en su frente, me entrega unos billetes que recogió con sus compañeros: “No es mucho -dice-, pero algo podrá comprar con esto. Vuelva el viernes; si tenemos una respuesta antes, nos comunicaremos con usted”.

 






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