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La Parada: proteger a los niños en medio del fuego cruzado

La Parada: proteger a los niños en medio del fuego cruzado

La instalación del techo en el centro de Mi vecino protector en La Parada fue un pequeño alivio para las cuidadoras y para los padres de familia, pues durante algunos tiroteos cayeron esquirlas de balas en el centro.  | Por: ESTEBAN VEGA | SEMANA




Por: Sara Prada @pradasaraca

septiembre 20 de 2019

Muchas de las familias venezolanas que llegan a La Parada enfrentan múltiples necesidades. No tienen dinero para pagar un arriendo, no cuentan con familiares que los apoyen, difícilmente pueden alimentar a sus hijos, y ni hablar de brindarles atención médica, controles de crecimiento o actividades recreativas. Aunque las profesoras, nutricionistas y trabajadoras sociales que conforman el equipo a cargo de Mi vecino protector en La Parada se esfuerzan para brindarles los mejores cuidados a los pequeños, hay situaciones que no pueden evitar ni controlar, como los enfrentamientos entre los grupos armados que se disputan el control de la frontera. 

Desde la apertura del centro, se han presentado varios tiroteos, que han puesto a prueba no solo la capacidad de las cuidadoras sino la infraestructura del sitio. “Cuando no teníamos el techo, que lo instalaron hace un mes, se presentó un enfrentamiento fuerte, que duró como una hora y media. Los niños estaban durmiendo y nosotras en hora de almuerzo. Lo primero que hicimos fue refugiarnos en el templo de al lado. Agarramos a los niños y los sacamos. Allá llevamos las colchonetas porque los niños estaban dormiditos”, cuenta María Angélica Galeano, la profesora a cargo del salón Héroes, que acoge a 20 niños entre dos y tres años. 

 

En varias ocasiones, las colchonetas del centro sirvieron de refugio para los niños de La Parada. © ESTEBAN VEGA / SEMANA



Además de los cuidados básicos que deben tener con sus estudiantes porque la sede está en obra, María Angélica y sus compañeras aprendieron a identificar situaciones de peligro para que los padres recojan a los niños y los lleven a casa. Así mismo, cuando hay tiroteos los niños dejan de ir a la guardería. “Aquí tenemos que estar muy alertas por el tema de la seguridad, siempre. Ese es el peligro que corremos aquí por la guerra que hay entre esas bandas delincuenciales”, señala. 

A la inseguridad se suman los peligros que enfrentan algunos niños que viven en Venezuela y entran a Colombia por los pasos ilegales para ir al jardín. “Aquí tenemos como 10 niños que pasan la trocha todos los días. En las tardes, los papitos a veces llegan 10 o 15 minuticos antes y nos piden que les dejemos llevar los niños antes, porque el sol de la tarde les pega duro y el camino es demorado”


 


 


«Estos niños necesitan mucho afecto, son felices al recibir un abrazo. En medio de las rondas o en las clases, a veces un niño me dice “te amo” y eso es lo más gratificante»
María Angélica Galeano



 



No solo los pequeños reciben los beneficios de la guardería. La escuela de padres busca acompañar a las familias para que, aun en medio de la dura experiencia como migrantes, protejan a los niños y les brinden los mejores cuidados. Los niños que permanecen en el programa desde el primer mes han superado los problemas nutricionales que tenían, se enferman menos y están a salvo, pues ya no permanecen en la calle mientras sus papás trabajan. 

Para sorpresa de las cuidadoras, más de la mitad de los beneficiarios permanecen en el programa. Los demás cupos son ocupados por niños que asisten ocasionalmente y que hacen parte de una lista de espera, siempre llena, que atienden a medida que otras familias regresan a Venezuela, se mudan a otras ciudades de Colombia o siguen su camino hacia otros países. 

 






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