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Las hermanas Castro: la danza de la partida

Las hermanas Castro: la danza de la partida

La venezolana Yirell Castro llegó a Barranquilla hace dos años para escapar de la situación económica de Venezuela. | Por: OCTAVIO GONZÁLEZ E ISABELLA ESCOBEDO




Por: Isabella Escobedo

mayo 22 de 2019

El sol de las cinco pone su filtro sepia sobre las calles de La Pradera en el Suroccidente de Barranquilla. Poco a poco la brisa de la tarde saca a la calle a los vendedores ambulantes que antes buscaban resguardo del extenuante calor bajo las sombras de los árboles. La Pradera es uno de esos barrios conocidos como “populares”, donde todos son vecinos y pequeñas casas, algunas autoconstruidas, abarcan negocios familiares. En el tercer piso de una casa en la calle principal, las tres hijas de la familia Castro están sentadas alrededor de un mar de recortes de artículos de periódico, fotos, medallas y certificados que inunda el suelo de la sala escasamente amueblada.

En los artículos aparecen una y otra vez los mismos nombres y los mismos rostros: Yirell, Yeriel y Yelimar Castro, a veces sonrientes, en ocasiones con mirada concentrada. “Ya nos conocían como las hermanas Castro“, ríe Yeriel, palpando los recuerdos plasmados en los recortes de papel entre sus manos. Recuerdos incrustados con la sal del sudor y la dulzura del triunfo, recuerdos que saben a despedidas y llegadas, a desarraigo y a nuevos comienzos.

Muchas cosas delatan a Yirell Castro, la mayor de las hermanas, como bailarina: sus movimientos gentiles y concretos, su ligereza al caminar con postura erguida, la larga melena recogida en una trenza estricta. Pero al hablar de su país natal, Venezuela, su postura de bailarina se descompone, deja ver una parte vulnerable que a veces no tiene lugar en la elegante rigidez del mundo del ballet. La joven nació hace veinticuatro años en Maracaibo como primogénita de lo que después serían tres hermanas y un hermano.

Al hablar sobre el lugar donde creció, Yirell realza la similitud entre Maracaibo y Barranquilla, como en un intento de construir un puente entre su pasada y su nueva vida. “Crecimos en un barrio llamado Los Plataneros, en un ámbito muy familiar y hogareño”, cuenta. “Todos se conocían, todo quedaba cerca. Lo único que estaba un poco más lejos era la escuela de danza, pero era como nuestra segunda casa.”

 

Las hermanas Castro dan clases en un espacio cultural, en la cancha de un barrio de Barranquilla y en un estudio. | ©  Octavio González e Isabella Escobedo




Desde muy jóvenes, las tres hermanas dedicaron su vida a la poesía del movimiento: comenzando por la gimnasia rítmica, se adentraron más adelante en el mundo del ballet y la danza contemporánea. Empezaron a entrenar a los cuatro años y desde entonces lo hacen casi todos los días de su vida. Siempre apoyadas por su madre, quien, tras bambalinas, también consagró gran parte de su vida a la pasión de sus hijas. Todas están de acuerdo en que el esfuerzo valió la pena.

“Siempre el trabajo duro se ve”, explica la menor, Yelimar, más serena y madura de lo que corresponde para una joven de dieciséis años. “Mi equipo y yo ganamos el Campeonato Sudamericano en 2012”. Por aquel entonces, Yelimar tenía diez años. A la hermana mayor, Yirell, le faltaba apenas un año para graduarse como bailarina y la del medio, Yeriel, también iba en camino de profesionalizarse, cuando la situación del país empeoró rápidamente.

 


 

«Dejamos de entrenar porque cada vez se hacía más difícil llegar a la academia. Como cada día subían los precios de todo, había menos buses, y teníamos que calcular horas para llegar a un lugar - si es que llegábamos»

YERIEL CASTRO

BAILARINA


 


Yirell continúa el relato: “A veces teníamos que hacer colas de más de diez horas para conseguir alimentos, no había efectivo, no había transporte público. No podíamos continuar los estudios bajo esas circunstancias”. Cuando Yirell dejó la universidad, de los cien estudiantes cursantes al principio de su carrera, sólo quedaban siete.

Los primeros en dar el paso y emprender una nueva vida en Colombia fueron Yirell y su esposo. “Él vino el 2 de julio de 2017, yo llegué un poco más tarde, el 28 de julio. Ese día anunciaron el Permiso Especial de Permanencia”, Yirell recuerda las fechas con la precisión de alguien a quien le cambió la vida ese día. Esta medida especial, implementada por la Cancillería y Migración Colombia, les permite trabajar y estudiar a los ciudadanos venezolanos.

 

                                                       |  ©  Octavio González e Isabella Escobedo



“En los primeros meses aquí adelgazamos mucho. No teníamos para pagar los pasajes e íbamos caminando a todas partes, vivíamos de un kilo de harina PAN y un palito de mantequilla a la semana”. Se queda un momento pensativa, visiblemente conmovida. “Pero nunca nos faltó nada, gracias a Dios”. Recobra su compostura y es otra vez la bailarina sonriente y la cristiana de fe y fuerza de voluntad alentadoras.

Después de visitar a Yirell y su esposo en Barranquilla por Navidades, la familia tomó conciencia de que, aunque la vida como migrante venezolano en Colombia fuera difícil, más difícil sería quedarse en Venezuela. Pero,  ¿cambiar un empleo digno por uno incierto? ¿La familiaridad de un lugar por la extrañeza de otro?



 


 

«Al regresar a casa la situación se presentaba aún más crítica. Nos faltaba lo más básico para vivir»

YIRELL CASTRO

BAILARINA


 



La familia no logró dejar atrás la vida construida hasta que el estado de salud del padre, quien se encontraba al borde de un infarto a causa de la ansiedad, apremió. Fue entonces, en marzo del 2018, cuando se mudaron a Barranquilla por completo, dejando atrás su hogar, sus raíces y con ellos una parte de sí. Igual que la familia Castro, 3,7 millones de ciudadanos venezolanos han decidido salir del país, obligados por la precariedad, la incertidumbre y la desesperanza. Según los últimos datos de la ACNUR, 1,2 millones de ellos buscan un futuro en Colombia.

Dicen que los más valientes son los que no tienen nada que perder. Y aunque este dicho ha de interpretarse con cautela, para las hermanas Castro parece aplicar. Objetivamente su situación actual, sin poder continuar los estudios, sin perspectiva de trabajo fijo, podría parecer paralizante. Sin embargo, las chicas literalmente no paran. Para las hermanas Castro, este giro inesperado de la vida es un paso más hacia un objetivo largamente soñado: el de una academia de danza propia.

En Venezuela, Yirell Castro y sus hermanas hacían parte de un equipo de gimnasia rítmica, pero su sueño siempre fue abrir una escuela de danza. © | Octavio González e Isabella Escobedo



En el jardín infantil de La Pradera, diez niñas vestidas de ballet reciben a las hermanas Castro brincando con euforia contagiosa y Yirell, Yeriel y Yelimar reparten mimos por doquier. Pocos minutos después del cariñoso saludo se respira concentración en el aula. Los ojos de las niñas, que tienen entre tres y once años, siguen los movimientos de las hermanas. Estas dirigen el calentamiento de manera rutinaria, pero sin descuido. Se estiran con destreza y controlan su cuerpo hasta la punta de los dedos.

Mientras Yeriel y Yelimar conducen el ejercicio, Yirell pasa entre las filas, corrigiendo algunas posturas con un toque amable pero decidido. El jardín de La Pradera es la tercera sede de la academia de danza de las hermanas Castro “Le Danse”. También dan clases en la Casa Lúdica, un centro cultural, y en una cancha en el barrio de La Paz de la localidad del Suroccidente de Barranquilla.

Apenas radicadas en Barranquilla y sin tener aún compromisos de estudios y trabajo, decidieron aprovechar el tiempo libre para involucrarse en el barrio y trabajar el sueño de la academia de baile. Al darse cuenta de que muchas niñas tenían las condiciones, pero no los recursos, abrieron la escuela de manera voluntaria y como proyecto social.

“Las clases de danza suelen ser costosas y muchas de las familias que viven aquí no podrían permitírselo. Nosotras queremos fomentar el arte en el barrio más allá de barreras económicas”. Pero para Yirell, su labor es más que un trabajo social con familias de escasos recursos. También es un intento de reconstruir su identidad.

“En Venezuela éramos conocidas. Es duro llegar acá, sin rostro, y ser solo una venezolana más”, dice. Y es en su segunda lengua materna, la danza, en la que quiere contar otras historias del éxodo venezolano. Historias que no tratan de xenofobia e infamia, sino de filantropía y solidaridad.

 

Esta crónica es el resultado del Encuentro de comunicación sobre migración mixta, realizado por Acnur y el Proyecto Migración Venezuela en Barranquilla, los días 9, 23 y 30 de marzo de 2019. El encuentro contó con el apoyo de Vokaribe Radio y con la tutoría del periodista Ángel Unfried. El texto fue escrito por Isabella Escobedo, con fotografías de Octavio González, miembros del equipo de Vokaribe Radio.






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