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“Aquí toca vender tinto y algo más”: la dura historia de Joselyn

“Aquí toca vender tinto y algo más”: la dura historia de Joselyn

Joselyn Mendoza tiene 27 años y a su llegada a Colombia vivió 48 horas de horror al caer en una red de trata de personas. | Por: GETTY IMAGES




Por: Indira Córdoba @indira_cordobaa

julio 30 de 2021

 

Una migrante venezolana relató cómo, a través de una oferta de trabajo engañosa, cayó en una red de trata donde la iban a explotar sexualmente. Su historia, como pocas, terminó con un escape que la alejó de los criminales.
 

“Yo no estaba escuchando las palabras de la señora, sino que ya estaba pensando en la forma de escapar de ahí. Me había dado cuenta de que todo era un engaño”, dice Joselyn mientras recuerda aquella vez en la que estuvo cerca de ser víctima de trata de personas en la modalidad de explotación sexual, luego de haber tomado la decisión de migrar de Venezuela. 

 

Joselyn Mendoza tiene 27 años y nació en Barquisimeto, Lara, al noroeste de Venezuela. Antes de salir de su país, dedicó ocho años de su vida al servicio de la Policía Nacional Bolivariana hasta que, dice ella, se cansó de tanta corrupción e injusticia dentro de la institución.

 

“Cuando nos mandaban a controlar las protestas, teníamos que tomar represalias contra las personas que estaban protestando. Yo sabía que eran personas de mi barrio, personas que no tenían nada para comer, que estaban peleando por algo justo e igualmente yo tenía que reprenderlos y hasta meterlos presos”, cuenta.

 

Aunque tenía razones de sobra para hacerlo, renunciar no fue una decisión fácil. Y lo que vino después tampoco lo fue. Sin trabajo y con miedo de que hubiera represalias por haber dejado la institución, decidió escapar a Colombia. 

 


«No hacía parte de mis planes, pero por la situación en Venezuela tuve que migrar. El tema de la comida, el transporte, el trabajo, la seguridad. Ya no alcanzaba el dinero, entonces preferí mudarme a Colombia»  

recuerda Joselyn, que para entonces no se imaginó los momentos dolorosos que le aguardaban.


 

 

Dejó a su familia en Venezuela, agarró su cédula, unas cuantas prendas, los pocos ahorros que tenía y emprendió el viaje hasta el estado Apure, donde tomó una lancha para cruzar el río hacia el departamento de Arauca, en Colombia. Su destino final era Bogotá, pero mientras buscaba donde comprar pesos colombianos fue víctima de robo.

 

“Quedé en el limbo. No sabía si regresarme o continuar”, cuenta Joselyn, que finalmente decidió seguir el recorrido, ya no en un autobús — como lo había presupuestado — sino a pie. Fueron 18 días caminando con un grupo de venezolanos que tenían el mismo destino. “No importaba si llovía o hacía un sol ardiente. Solo parábamos a dormir donde nos cogiera la noche”, recuerda. 

 

Fueron 600 kilómetros para llegar a la capital, la ciudad en la que pensaba conseguir un trabajo estable. Sin embargo, la realidad fue otra. Tuvo que dormir por nueve días a las afueras de una iglesia católica al norte de Bogotá y las oportunidades laborales parecían esquivas. “No buscamos ninguna fundación, ni ayuda de ninguna índole porque nos daba miedo que después de haber caminado por tantos días nos devolvieran”, cuenta Joselyn. Parecía que dormir en la calle era mucho mejor que estar nuevamente en Venezuela. 

 

El hambre y el desespero fueron tal vez sus peores consejeros. Su hermana, aún en Venezuela, la contactó con una amiga que había emigrado hace cuatro años y esta mujer la ayudó a conseguir su primer trabajo. Vendería tintos en diferentes puntos del centro de Bogotá y además tendría un lugar donde comer y dormir.

 


«Yo pensaba que era como una miniempresa de esas que ponen los venezolanos de puestos de comida en la calle. Estaba feliz porque con eso podría empezar una nueva vida, pero jamás me imaginé que iba a suceder algo tan fuerte»

lamenta Joselyn, mientras le es difícil comenzar a narrar uno de los momentos más duros de su vida. 


 

 

Con mucha ilusión llegó a aquel lugar. Pero la sonrisa que la acompañaba no tardó en desdibujarse. “Cuando estábamos caminando por el pasillo que atravesaba la residencia, empecé a sentir miedo. Se veía un ambiente pesado y las condiciones del lugar ya daban un mal presentimiento”, recuerda. Las paredes y la ropa se veían sucias; las caras lucían tristes y el olor penetraba hasta el cerebro. 

 

Continuó caminando hasta encontrar a la dueña del negocio. La mujer le explicaría cómo funcionaba la venta de los tintos, pero antes de eso le pidió su cédula para sacar una fotocopia. Joselyn recuerda con rabia que no dudó en entregar el documento y solo vio, con algo de ingenuidad, cómo lo metió en una caja junto a otras identificaciones.

 

“Aquí vendemos tinto y algo más”, le dijo “la jefa”. Esas dos últimas palabras retumbaron en la cabeza de Joselyn y su mal presentimiento se fue acentuando. “Aquí nosotros usamos uniforme que es una falda y una camisa corta. Además tenemos clientes que llegan a los puntos donde vendemos el tinto, las recogen y luego las vuelven a traer. A mí me deben entregar la mitad del dinero y la otra mitad les queda a ustedes”, le explicó la mujer.

 

Para entonces, la atención de Joselyn no estaba puesta en las palabras que escuchaba sino en la forma en que escaparía de allí. Estaba segura de que no iba a prestar servicios sexuales y mucho menos a hombres. Pero cuando pidió de regreso su documento, la mujer se negó, le prohibió salir del lugar y la dejó encerrada bajo llave. 

 

“Ese día no me dieron nada de comer. Estaba muy asustada y solo lloraba”, cuenta Joselyn, con la voz entrecortada.  “Nadie me decía nada ni se acercaba. Yo solo veía a mujeres que entraban y salían con hombres diferentes”, añade.

 

Fueron 48 horas sin dormir, sin comer y sin hablar con nadie, hasta que en un descuido logró recuperar su cédula de la caja donde la habían guardado. Retener el documento de identificación era el método que usaban para obligar a las personas a permanecer en aquel lugar. Este es un método común en los casos de trata de personas; lo de Joselyn fue tal vez un golpe de suerte.

 

 

“Cuando una de las niñas que vivía ahí iba saliendo, yo le metí el pie a la puerta y salí de allá corriendo. Agarré lo que pude y me fui. Corrí como cinco cuadras sin parar, con maletas encima, asustada y sin saber si nos estaban persiguiendo”, relata Joselyn, que aún hoy carga consigo un miedo que le hace escurrir las lágrimas.Yo no volví a confiar en nadie ni en ninguna otra oferta de trabajo. Además, tenía miedo de que alguien que trabajara allá me reconociera y me devolviera a ese lugar”.

 

Por tres meses logró trabajar en un lavadero de carros pero prefirió viajar a Barranquilla, en la costa Caribe, porque nunca se sintió segura en Bogotá. En la capital del Atlántico, decidió no hablar nunca de esa experiencia. Además del dolor que le causaba el recuerdo, Joselyn sentía pena. 

 

En la Puerta de Oro, como es conocida Barranquilla, esta venezolana se convirtió en una líder comunitaria del barrio Santa María y hace parte de las fundaciones HIAS y Fuvadis, que apoyan a población migrante y refugiada en la ciudad. Quiere que nadie sufra lo que ella vivió y por eso cree fundamental que sus paisanos tengan asesoría sobre sus derechos y acompañamiento cuando llegan a Colombia. 

 

En la organización HIAS también ha tomado cursos de emprendimiento  y espera que con el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos (ETPV) se le facilite la posibilidad de emprender su propio negocio. “Hay que ser resiliente. Uno no se debe quedar con ese dolor, sino que debe ser un motivo para salir adelante y luchar con más fuerza por mis sueños”, resume esta expolicía, que hoy está segura de que su vocación de servir está más viva que nunca.

 






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