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“Abundancia es comer dos veces al día”: venezolano en Bogotá

“Abundancia es comer dos veces al día”: venezolano en Bogotá

Camilo Ernesto Pirela Soto se radicó con su familia en la localidad de Usme, en febrero de 2018. | Por: ESTEBAN VEGA




Por: Milagros Palomares @milapalomares

noviembre 16 de 2020

 Neiler Camilo cumplirá dos años este 15 diciembre, pero su apariencia es la de un bebé de no más de  12 meses. Sus teteros, en vez de leche, son una preparación licuada de arroz o pasta hervida con agua, azúcar o panela. A duras penas, Camilo Pirela, su padre, consigue eso y alguna que otra cosa para la única comida del día. Así ven llegar la noche él, su esposa Amelis y el pequeño Camilo.

 

Al día siguiente es lo mismo. Batallar contra el hambre supone largas caminatas  pidiendo verduras dañadas o rogando por bolsas de arroz vencido, pasta o harina. En el barrio La Reforma Baja, en Usme, ya lo conocen y empleados de tiendas y supermercados le guardan alimentos vencidos o bolsas de cualquier cosa que se rompan al almacenarlas. Esos donativos son felicidad empacada. 

 

“El día que comemos dos veces, nos sentimos en abundancia. A veces solo almorzamos, aunque es preferible cenar, porque acostarse sin nada en el estómago significa no poder dormir”, cuenta este hombre de cabello platinado que, según dice, ha perdido más de 50 kilos en los dos años que lleva viviendo en Colombia.

 

No siempre fue así. En San Francisco, del estado Zulia (Venezuela), antes de venir al país, Camilo, fue concejal dos veces por partidos de oposición,  administró un hotel y una estación de servicio. También aprendió de servicio social, ejecutando programas de mercados de alimentos y jornadas de salud en comunidades vulnerables. Paradójicamente ahora, en la capital colombiana, es uno de los 17 millones de pobres que buscan cómo subsistir cada día.  

 

No le gusta hablar de eso. Mucho menos del hambre que ha padecido él y su familia. Cuando eso pasa, sonríe y empieza a contar una anécdota que cuando la vivió le sacó lagrimas de impotencia. Recuerda la vez que, unos meses atrás, se encontró en el suelo  una moneda de 200 pesos, mientras caminaba con su esposa y el bebé. Pensaron que la buena suerte les quería decir algo, y la   introdujeron en una máquina de un casino. Ese día ganaron 20 mil pesos y corrieron a comprar un pollo asado con papas, arepas y gaseosa. Además le compraron dos litros de leche al bebé. Esa noche vieron la gloria.

 


«Cuando a uno le da hambre y en los bolsillos no hay nada, hay que salir a la calle a resolver, a pedir una mano solidaria, a recibir la ayuda de pocos y el desprecio de muchos  solo porque somos venezolanos»

Camilo Pirela, migrante radicado en la localidad de Usme


 

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Amelis Mogollón generalmente prepara granos y arroz. Con suerte, una vez a la semana pueden comer carne o pollo. El pequeño Neiler Camilo se toma los teteros sin leche, solo una preparación de arroz hervido con azúcar. 

 

Camilo tiene  50 años y dos hijas más, de 10 y 14 años. Ellas no viven con él, no tenía cómo darles de comer, por eso una sobrina se ofreció a cuidarlas y a alimentarlas en su casa del barrio Santa Librada.   Este venezolano compara el sueño de migrar con una película repleta de drama, suspenso, terror y fantasía. En Bogotá se despertó de golpe de esa ilusión de cambiar la decadencia que padeció en Venezuela cuando sintió crujir su estómago por hambre, y cuando vio llorar a sus niños por un bocado de comida. 

 

“Perdí la cuenta de las veces que busqué empleo en restaurantes o en locales comerciales. Con solo hablar, me rechazaban por mi acento venezolano o por mi edad”, dice conservando un toque de humor zuliano, propio de la gente de su tierra.  Vendió empanadas, helados en los buses del Transmilenio y cuanta cosa podía por la calle, hasta fue promotor de ventas de líneas telefónicas y de una empresa de gas natural. Su situación se hizo más dura cuando empezó la pandemia: ahí el confinamiento fue total y la sequía se posó sobre su despensa. 

 

En los momentos de desesperación piensa en retornar a Venezuela. Sin embargo, esa ilusión se apaga cuando recapacita en frío sobre los peligros de caminar por las carreteras de vuelta con sus hijos. No quiere exponerse al contagio de la covid-19 o de  cualquier otra enfermedad en las carpas de aislamiento dispuestas en la frontera por el Gobierno de Nicolás Maduro.

 

Con solo el bebé en casa la preocupación le disminuye, pero el padecimiento no se hace menor. Trabaja ocasionalmente lavando carros y como empleado de aseo en tiendas de verduras gana con suerte ocho mil pesos al día. Paga 300 mil pesos de arriendo y le debe cuatro meses a los dueños de la vivienda que lo han considerado por su situación. “¡Imagínese lo duro que nos ha tocado. En mi casa de Venezuela yo podía comer lo que quisiera como si estuviera en un restaurante a la carta!”, dice el migrante que venía de vivir una vida con comodidades mermadas lentamente por la hiperinflación y la crisis humanitaria compleja que ha forzado a más de cinco millones de venezolanos a huir de su país en los últimos cinco años.

 

Él no estaba acostumbrado a decirle a los vecinos que le tendieran la mano. Aunque no le gusta pedir alimentos, ha tenido que hacerlo por sus hijos. Se le ha quitado la pena de la cara. “Si tengo que pedir una papa sancochada para comer la pido. Es preferible decir que uno tiene hambre que hacer algún daño”, afirma en medio de la minúscula cocina de su casa, mientras prepara el tetero del bebé.

 

La tarde ya casi se vuelve noche. Camilo piensa en el día siguiente, también en la Navidad que llegará en pocos días. ¿Cómo le compro ropa a mis hijos?, ¿acaso ellos no se merecen una cena navideña y un regalo?... son las preguntas que lo atormentan y las que lo impulsan a seguir saliendo a rebuscarse, con la fe de lograr esa calidad de vida que le arrebataron en Venezuela. 

 


«Los venezolanos queremos  aportar a este país que nos está recibiendo, queremos trabajar y ayudar a impulsar la economía. No pierdo la esperanza de conseguir un trabajo para sacar a mi familia adelante»

Camilo Pirela


 

 

 






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