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Retos migratorios y de seguridad para 2019



Por: Víctor M. Mijares
VMMijares

El 2018 puede ser considerado el más crítico en la historia contemporánea de la migración hacia Colombia. Los pocos años de experiencia en recepción de migrantes han sido compensados con creces en materia de intensidad inmigratoria. Para el momento en que se publica esta columna, los datos de Migración Colombia estiman que más de un millón de venezolanos residen en el país. Colombia es hoy uno de los principales receptores de migrantes y refugiados del mundo y el primero en Latinoamérica.

Otro factor que abona al complicado 2018 ha sido el de la continuidad en la política migratoria y exterior hacia Venezuela. Es usual entre analistas y académicos afirmar que Colombia tiene políticas más de gobierno que de Estado. Esta crítica, común en casi todos los países de la región, no se ajusta a la verdad en la actual política migratoria y exterior hacia Venezuela. Los que observamos con atención la política colombiana, y sobre todo la relación bilateral, advertimos una notable solución de continuidad entre el gobierno de Santos, en la fase posacuerdo, y el gobierno de Duque, en estos escasos meses de funcionamiento. Colombia se ha mantenido firme en el seno del Grupo de Lima, tomó la iniciativa en la desadhesión de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y abrió sus fronteras a los venezolanos, asumiendo los costos propios de tales decisiones.

Pero dichas decisiones no son baladíes ni están exentas de posibilidades de fracaso. La apuesta colombiana es la de convertirse en una potencia líder regional asumiendo de una vez sus atributos y aprovechando las oportunidades. En tiempos de contracción diplomática brasileña, incertidumbre mexicana, desorientación argentina, desinterés chileno y colapso venezolano, Colombia emerge como lo más cercano a un punto de referencia regional. La autocratización plena de Venezuela, junto con la migración masiva y acelerada de venezolanos, ha puesto a prueba la apuesta colombiana de dejar de ser un problema de seguridad regional, para asumirse como un garante de la misma.

Pero las lecciones de historia reciente no siempre apuntan al éxito. En 2015, la canciller alemana Angela Merkel tomó la decisión de abrir las fronteras de su país –y con ellas abrió unilateralmente las de la Unión Europea (UE)— a los refugiados sirios. La jugada de Merkel puede ser considerada una compleja amalgama de altruismo internacionalista e interés nacional, en tanto el proyecto alemán es posnacionalista y abarca a toda la UE. La canciller jugó la carta del liderazgo moral basándose en la posición dominante de su país. A poco más de tres años de aquella decisión, el liderazgo de Merkel luce erosionado, y los populismos nacionalistas han ganado fuerza en Europa.

La lección alemana debe ser estudiada por el gobierno de Duque, pero no por ello debe paralizar la progresión de su política migratoria. Las razones estriban en las marcadas diferencias de gobernanza regional y de vecindad con el foco de la crisis. A diferencia de Europa, América Latina está lejos de tener mecanismos de gobernanza que conecten indefectiblemente las políticas nacionales de los Estados de la región. Y a diferencia de Alemania, Colombia no puede optar entre atender o no los efectos de la crisis que genera la ola migratoria, pues linda con ella.

El 2018 cierra con un gran acierto y abre las puertas a retos migratorios y política exterior hacia Venezuela. El gran acierto es la ya mencionada continuidad política. El futuro de Colombia, de cara a sus procesos de consolidación como Estado y de adopción de un rol de responsabilidad en la seguridad regional, pasa por un acuerdo nacional que no deje el futuro en manos de vaivenes puramente electorales.

El reto a corto plazo es la regularización y formalización de los venezolanos. Los datos del Censo 2018 dejaron en claro que el bono demográfico colombiano está en fase avanzada y que la incorporación de jóvenes al mercado laboral formal es fundamental para un desarrollo socioeconómico estable. En paralelo, el bono demográfico de Venezuela, que estaba en fase temprana cuando comenzó la más reciente ola migratoria, se filtra por sus fronteras, sobre todo hacia Colombia. Se presenta una oportunidad de altruismo con interés, en tanto desde el oriente llegan refuerzos para una economía en lenta pero sostenida expansión.

A mediano plazo el reto es de defensa. El drenaje poblacional venezolano está dejando a un régimen cada vez más autoritario, con lazos con potencias eurasiáticas depredadoras, reinando sobre una sociedad civil endeble. Incluso si las elecciones en Venezuela fuesen una opción real de cambio político, escenario poco probable al día de hoy, las fuerzas opositoras han perdido buena parte de su base electoral. Venezuela dejó de ser el excepcional petroestado democrático latinoamericano para convertirse en un caricaturesco petroestado depredador y autoritario, con el agravante del radicalismo revolucionario de las mafias que lo gobiernan. Este perfil es potencialmente nocivo para su seguridad y la de su entorno geopolítico, y no se vislumbra un cambio pacífico en el horizonte. El reto para Colombia pasa por el cambio en su doctrina de defensa, más allá de las demandas del posconflicto. La nueva condición de socio global de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) parece apuntar en esa dirección.

Por último está el reto de largo plazo. Es probable que buena parte de la población inmigrante venezolana se adapte a Colombia, pero un flujo migratorio masivo indefinido no es deseable para ninguna de las dos sociedades. Por sus rasgos estructurales de extractivismo energético y minero, y por el tipo de élite que ha capturado a su Estado, Venezuela va en contracorriente de la modernidad occidental. Ello no es deseable ni sostenible para Colombia, aunque hoy no cuente con el liderazgo para, multilateralmente, ejercer presión decisiva sobre el régimen venezolano.

Colombia debe aprender sobre Venezuela, sacando ventaja como principal receptor de venezolanos. Ese aprendizaje es crucial para construir alternativas regionales, e incluso atlánticas, al enquistado autoritarismo vecino, que ya comienza a mutar hacia una suerte de enclave eurasiático en las Américas. La lucha por la democracia y prosperidad venezolana debe ser entendida como lo que es, una parte integral del interés nacional colombiano y una razón para el apalancamiento de un rol de liderazgo regional, inédito en la historia del país.

 


*Politólogo venezolano, profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes e investigador asociado a German Institute of Global and Area Studies (GIGA).


Las opiniones de los columnistas en este espacio son responsabilidad estricta de sus autores y no representan necesariamente la posición editorial de PROYECTO MIGRACIÓN VENEZUELA.

 






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