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¿Qué nos dice la psicología sobre la experiencia de una familia migrante?

¿Qué nos dice la psicología sobre la experiencia de una familia migrante?

Una pareja venezolana y sus tres hijos cuentan la historia de su migración desde Zulia, Venezuela, hasta Subachoque, municipio de Cundinamarca. | Por: RONNY PÉREZ




Por: Juanita Gempeler

diciembre 13 de 2018

 

 

La psicóloga Juanita Gempeler estrevistó a una pareja venezolana y sus tres hijos, quienes le contaron la historia de su migración desde Zulia hasta Subachoque: sus motivaciones, sus miedos y su llegada a Colombia. Cada episodio de este éxodo familiar va acompañado de hipótesis desde la Psicología sobre lo que esta historia nos dice de la condición humana.

Los siguientes testimonios nos hablan del hambre, de los sacrificios, de la familia separada, de ver sufrir a los hijos, de perder los sueños y los proyectos; nos hablan de la impotencia, del temor a ser asesinados.

También nos hablan de la búsqueda de opciones, de la decisión valiente de irse, de buscar trabajo, de ayudar desde lejos, de integrarse con otros, de construir una nueva vida. De los colombianos que los reciben, los apoyan, o los rechazan y les temen.


[NOTA DEL EDITOR]

Lo que dejan

En Venezuela, Alejandro tenía una tienda de víveres. Pero en los últimos años era tan caro comprar los productos que ya no ganaba casi nada. Lina, su esposa, cuenta que cocinaba varias ollas de sopa que compartía con sus vecinos y familiares todos los domingos. Con los días se fue volviendo difícil, a veces imposible, conseguir qué comer.

Llegó un punto en que Alejandro ya no tuvo qué echarle a la olla, qué ofrecerles a los vecinos o con qué alimentar a sus hijos, a su esposa, a sus sobrinos, ni a sus suegros.

Las lágrimas se escurren de los ojos de Lina cuando recuerda el dolor de ver a sus hijos acostarse sin comer. “Mauricio (su hijo menor) me decía ‘tengo hambre’, y yo salía y buscaba, pero no encontraba nada. Cuando había plata, alcanzaba para una sola cosa: arroz o harina, solitos. Un kilo de arroz para toda la familia”.

 

«Mauricio me decía ‘tengo hambre’, y yo salía y buscaba, pero no encontraba nada. Cuando había plata, alcanzaba para una sola cosa: arroz o harina, solitos».

 

 

Para Alejandro, lo más preocupante era la situación educativa de sus hijos. No había transporte, ni profesores, ni efectivo. No tenían cómo pagar los pasajes para que fueran al colegio o a la universidad, y cuando lograban llegar no había clases porque los profesores ya habían empezado a irse. Los que se quedaban, estaban “todos flaquitos”, recuerda Alejandro.

Para Javier (el segundo de sus hijos) esto fue especialmente difícil. Él jugaba béisbol y le habían ofrecido oportunidades para que lo “firmaran” en un equipo en Estados Unidos, pero empezó a bajar de peso. Sus entrenadores le decían que así no podía jugar, que tenía que subir entre 15 y 20 kilos. “¿Y cómo? Si comprábamos suplementos y vitaminas, no había comida para ninguno”.

Ana (la hija mayor) por su parte, cuenta lo que le costó renunciar a terminar su carrera de administración cuando cursaba octavo semestre. Ya no había ni profesores en la universidad así que “no valía la pena ir a perder el tiempo”.

Preocupado por la supervivencia de su familia, Alejandro decidió viajar a Colombia. “Me vine con lo del pasaje y un garrafón de agua para dos días. Sin comer”. En ese primer viaje no encontró trabajo y se devolvió a Venezuela, pero la situación era peor, así que volvió a intentarlo.

“Toca con perseverancia. Al comienzo es difícil: si uno consigue trabajo, la paga es quincenal…y mientras tanto, ¿qué?”. En su segundo intento encontró empleo en construcción y como vigilante de una obra en Subachoque, Cundinamarca.

Al conseguir el Permiso Especial de Permanencia en Colombia -y regularizar así su situación en el país- fue contratado como administrador de la finca en la que trabajaba como vigilante de obra. Decidió quedarse.

Con su marido acá, con permiso de permanencia y trabajo estable, Lina renunció a su trabajo como directora de mantenimiento de un colegio y decidió venirse a Colombia también, con sus tres hijos y su mascota.  Allá, dice, “no había a qué quedarse”.

Los hijos recuerdan cuánto extrañaban a su padre, pero a la vez le agradecían lo que podía aportar desde Colombia. “En Venezuela, la plata era la que mami cobraba y eso no alcanzaba. Papi depositaba y con eso comprábamos”, recuerda Javier.

 

¿Qué nos dice esto sobre la decisión de dejar todo atrás?
 

Es importante tener en cuenta que, a pesar de la mezcla entre las vivencias buenas y las difíciles, la experiencia de muchos venezolanos ha sido traumática.

Algo que llama la atención al escuchar el relato es cómo los tiempos verbales van del pasado al presente, sin que estos cambios tengan relación con la ubicación temporal de los hechos. Incluso algunas partes del relato que se refieren al pasado las cuentan en presente, como si estuvieran reviviendo la escena al momento de contarla.

Esa es una característica de lo que sucede cuando un hecho se vive como un trauma. Se guarda en la memoria sin relación con los referentes de espacio y tiempo, como si estuviera pasando en este mismo momento. Así lo explica el psiquiatra Bessel Van der Kolk en su estudio del estrés postraumático.

¿Dónde está el trauma? En Venezuela. En los trabajos, en el hambre, en la impotencia.  Es la vivencia subjetiva de los acontecimientos objetivos lo que constituye el trauma, evidencia Allen, citado por José M. Ruiz Vargas en Trauma y memoria: hacia una explicación neucocognitiva.

 

El trauma es la experiencia psicológica emocionalmente demoledora que sigue a la exposición de un suceso que pone en peligro sus vidas. Parecería que sobrepasa los mecanismos de afrontamiento de las personas.

Van der Kolk lo plantea de esta manera: “(...)  Los eventos traumáticos confrontan a las personas con tal horror y amenaza que se altera temporal o permanentemente su capacidad de enfrentar, su percepción biológica sobre el riesgo y el concepto de sí mismos”. Más adelante en el texto señala que “cuando las personas se enfrentan a situaciones que ponen en peligro su vida, su foco principal es la supervivencia y la auto protección”.

Estos planteamientos nos ayudan a entender por qué una persona, frente a una vivencia traumática, puede irse de su hogar dejándolo todo atrás.

Otra emoción que aparece con mucha fuerza, atravesando el relato, es la impotencia. Oirlos y leerlos es sentir la frustración, el profundo e inconsolable dolor que resulta de no poder remediar una situación o circunstancia desagradable: “Salía y buscaba pero no encontraba”. “A los venezolanos quisiera ayudarlos, pero no puedo”.

 

El camino

“Nos venimos por la trocha, con mucho miedo de que nos hicieran algo, sobre todo de que nos mataran…no de que nos robaran porque no llevábamos nada. Toda la plata que teníamos la pagamos para que nos dejaran pasar”.

Como su padre ya estaba en Colombia, Javier se hizo cargo de su familia durante el viaje. Tenían en total veinte mil pesos. Pero cuenta que los guajiros, armados, pedían más. Sintió que podían matarlos y que no había nada que hacer. Finalmente, aceptaron su pago y los dejaron pasar.

Ana cuenta que el camino en bus hasta La Guajira “fue un viaje de mucho miedo. Cada vez que pasábamos una parte de la trocha, yo daba gracias y pensaba en cuántas más faltaban”. Iban muchos en el bus y no les alcanzaba para pagar a quienes trancaban el camino exigiendo sobornos, pero el conductor puso lo que faltaba. “Cayó del cielo ese hombre”.

Le impactaba ver a tanta gente migrando a pie: “Había niños, jóvenes y viejos viviendo horas de miedo”.  

El viaje se hizo más tranquilo desde que llegaron a Valledupar. Javier recuerda con alegría que, apenas llegaron a Colombia, los buses tenían aire acondicionado, internet inalámbrico y películas. Después de ese viaje lleno de temor, “eso hizo que mi hermano sonriera”.  Además, cuenta, “un señor nos brindó un tinto”. Después de sentirse blanco de amenazas en la frontera, ese fue un momento especial.

 

¿Qué revelan estas palabras sobre la capacidad humana de reacción ante la crisis?


Es interesante que aún con tanto dolor y sufrimiento no se quedan paralizados, que sería una reacción natural al verse sometidos a situaciones adversas que son inescapables. Es lo que el sicólogo estadounidense Martin Seligman calificó a principios de los años 60 como “desesperanza aprendida”. Esta familia no solo no se queda paralizada, sino que busca alternativas para huir de esa situación.


Esta es la reacción  denominada de lucha o huida, que es una respuesta fisiológica ante la percepción de daño, ataque o amenaza a la supervivencia, descrita por el científico Walter Cannon a comienzos del siglo XX. Así responden ellos y muchos de sus compatriotas: huyen de aquello que los amenaza y buscan opciones.

 

 

La vida en Colombia

Para Mauricio fue muy duro “dejar los amigos, las amistades, y  lo más difícil: la familia”.

Irse, me cuenta Lina, “fue un dolor, pero también ha sido un alivio. Aquí no hemos pasado trabajo, no nos hemos acostado sin comer”.

Alejandro dice que se siente como un rey: “Tengo techo, agua y luz. Puedo comer”. Le gusta que Subachoque se parece a Zulia “en lo tranquilo”.

Sin embargo, y a pesar de varias expresiones de solidaridad, la vida en Subachoque tampoco ha sido fácil. Toda la familia es afrodescendiente y siente la mirada prejuiciosa de la gente del pueblo: “Al comienzo me miraban mal, me torcían los ojos”, dice Mauricio al relatar lo difícil que ha sido hacer amigos.

Lina cuenta que él se pregunta “¿será porque soy negrito?”. Lo aceptaron en el colegio, aunque su mamá teme que lo molesten allá, se ha integrado, y ya tiene amigos. “Jugando fútbol he hecho amigos”, cuenta.

Al llegar, Lina consiguió trabajo en una pollería. Cuenta que a su jefe le gustó su trabajo pero le pidió que dijera que era costeña porque, si decía que era venezolana, lo iban a presionar para que la dspidiera. También recordaba la historia de una amiga de ella, a quien le tocó devolverse a Venezuela porque los niños del colegio les decían a sus hijas “venezolana: ¿cuánto cobras?”.

 

¿Qué nos enseña esto a los colombianos?

 

Además de entender cómo la experiencia de los venezolanos ha sido traumática y cómo llegan a Colombia buscando sobrevivir, debemos voltear la mirada hacia nosotros y cuestionar cómo los colombianos los hemos recibido. En las entrevistas, se adivina la presencia de la xenofobia en las reacciones que esta familia encuentra a su llegada:

“Al comienzo me miraban mal, como si viniera a quitarles algo”. Ana dice que en el supermercado la miran “como si fuera a coger algo”. Estas son expresiones en las cuales subyace la xenofobia: el miedo, rechazo u odio al extranjero o inmigrante. Las manifestaciones pueden ir desde el rechazo, el desprecio y las amenazas, hasta las agresiones y asesinatos.

 

Esta reacción es relativamente entendible, pero es sobre todo profundamente inadecuada, pues revictimiza a quienes vienen huyendo de sufrimientos fuertes y profundos. Es una forma de añadir sufrimiento al que ya existe.  

En el caso de Subachoque, podemos ver cómo la xenofobia toma fuerza gradualmente. En este pueblo se presentó una situación aterradora: hace unos meses, un venezolano degolló a su amante y luego se pegó un tiro frente a su mujer y a su hija. Este hecho, en un pueblo tranquilo, donde la gente suele morir de vieja, generó todo tipo de reacciones de miedo, absolutamente entendibles.

 

 

Muy pronto ese miedo entendible se generalizó y se canalizó en un odio xonófobo: empezó a circular, como un rumor, la idea de que los venezolanos eran peligrosos y asesinos y había que  sacarlos de ahí? 

Llegaron a difundir un audio en el que los amenazaban de muerte si no se iban de la región.

Estas situaciones desafortunadas podrían ocurrir en cualquier sitio, con protagonistas de cualquier nacionalidad, pero al haber ocurrido a manos de un venezolano en medio de esta migración masiva, facilitó las reacciones de rechazo a todos aquellos que se parezcan a quienes actuaron de esa manera.

Así empieza la xenofobia, y así podemos ver lo peligrosa que puede ser. Eventualmente, es un asunto de vida o muerte.

 

Este incidente fue manejado por las autoridades del pueblo y por Migración Colombia. Los medios de comunicación cubrieron estos hechos haciendo énfasis en el llamado de Migración Colombia a “ser tolerantes y respetuosos con los ciudadanos venezolanos y a que no se sigan promoviendo mensajes a través de las redes sociales que inciten a la violencia”, como publicó Caracol el 26 de mayo.

Con el tiempo, el incidente quedó en el pasado, pero el sentimiento persistió y ha hecho aún más difícil la aceptación de quienes son percibidos como diferentes y, en este caso como peligrosos. 

En su momento no se sabía quiénes estaban más en pánico: si los venezolanos o la gente del pueblo que quería ayudarles, pero a quienes les daba miedo hacerlo y quedar en evidencia frente a sus vecinos o frente a las autoridades.


Es decir, la expresión de xenofobia no sólo afectó a los venezolanos sino también a los habitantes de Subachoque que los querían acoger.


 

Lo opuesto de la xenofobia es ser solidarios a través de la diferencia, y esta forma de relacionarnos con los demás es posible porque somos, ante todo, seres sociales. Creamos estructuras que van más allá de nosotros mismos. Interactuamos con nuestros pares, creamos familias, grupos, comunidades y culturas.

La familia entrevistada nos va dejando ver cómo para ellos construir una vida ha sido adaptarse a una sociedad y construir comunidad. Hablan de la forma en la que los demás los reciben. Expresan su agradecimiento por la acogida que han sentido de algunos de sus vecinos (“nos saludan”, “nos venden leche”).

Ya Lina y Alejandro tienen trabajo, sus hijos están con ellos, tienen dónde vivir y cómo conseguir el sustento de su familia. Tienen relación con sus vecinos, con quienes, más allá de convivir, se ayudan mutuamente y cuentan unos con otros para el manejo del día a día.

Si la vaca del vecino se enreda, ellos les ayudan, si hay cosecha de papas o cubios o alverjas, sus vecinos les dan a ellos.

La solidaridad ha surgido de la empatía. La empatía es una capacidad que tenemos los seres humanos de intuir y predecir las intenciones y pensamientos de otras personas.

“La capacidad de ponernos en los zapatos del otro”, como explica un artículo que la doctora Diana Matallana y su equipo que analiza la Encuesta Nacional de Salud Mental en Colombia.

La llegada a Colombia de esta familia, el paso de la frontera, el relato del conductor colombiano que les ofrece un tinto, el bus con aire y películas que hace sonreír a uno de ellos, el vecino que les vende leche y es amable, la vecina que los saluda: todos estos gestos nos hablan de nuestra capacidad de empatía.

Alejandro termina diciendo: “Que ojalá entiendan que uno se viene, no porque quiera, sino porque la situación no da para el sustento”.

“Que nos traten bien, que somos seres humanos”, son las palabras con las que Lina cierra la entrevista.


Nos están pidiendo que seamos empáticos. Somos capaces de esto y, frente a la migración venezolana a Colombia, lo necesitamos: ponernos en los zapatos de los migrantes, así como ellos se ponen en los de aquellos que los acogen. Al final, todos estamos moviéndonos, todos necesitamos apoyo de frente al cambio. “Migrantes, somos todos”


 

Agradecimientos: A la familia migrante por su disposición a participar en las entrevistas que hicieron posible esta crónica, a Guillermo Türk y Nicolás Cuellar por sus comentarios acertados y a Mónica Cuéllar Gempeler por su lectura cuidadosa, la corrección de estilo y la edición de este texto.

 






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