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El venezolano que ofrece albergue a sus compatriotas en Bogotá

El venezolano que ofrece albergue a sus compatriotas en Bogotá

Hace un año y medio Luis Coa abrió este restaurante y hostal en el que ya perdió la cuenta del número de venezolanos que han dormido ahí. | Por: GUILLERMO TORRES/SEMANA




Por: Proyecto Migración Venezuela @MigraVenezuela

mayo 02 de 2019

Luis Coa nació hace 46 años en San Félix (Puerto Ordaz), este venezolano arrendó una casa en el norte de Bogotá donde tiene un restaurante llamado 'Mr Fat' y un hostal que presta su servicio principalmente a migrantes venezolanos. Después de enviar a su hijo al colegio, llega a su trabajo alrededor de las 7:30 de la mañana todos los días y junto a la cocinera ponen todo a punto para dar el mejor trato a sus clientes.

En su país, Luis trabajaba en la Compañía Anonima Nacional Telefonos de Venezuela (Cantv), y en 2005, en medio de la cotidianidad de sus labores conoció a Fabiola García con quien después se casó. Él la describe como: "una maracucha, ingeniería eléctrica, bilingüe, inteligente, preparada”.

Alterno a su trabajo Luis Coa emprendió en otros dos negocios. Para el primero, compró unos buses que puso a trabajar en el sector de transporte. Mientras que en el segundo, junto con un socio, abrieron un “food truck”, un camión o trailer en el que se prepara comida, luego de elegir los colores que acompañarían esta iniciativa, surgió la duda del nombre que debería llevar, le consultaron al diseñador y él los miró y dijo: "Fácil, 'Mr Fat', señor gordo en inglés y así quedó". 

A pesar de tener dos negocios exitosos y una vida estable con Fabiola, había algo que faltaba en la vida de Luis y era tener un hijo, pero no podían tenerlo de forma natural. Así que decidieron iniciar un proceso de inseminación artificial que ese año dio frutos y nació Cesar Agusto. “Los niños por inseminación son especiales, Cesar siempre ha sido impresionantemente inteligente, hoy compone canciones”, dice con orgullo Luis.

 

 Luis Coa | © Guillermo Torres/Semana


 

Pero el panorama comenzó a oscurecer, año tras año las cosas en Puerto Ordaz empeoraban, la crisis económica, política y social en su país empezaron a afectar sus negocios.“Se fue cerrando el mercado, para meter los buses a trabajar era toda una mafia, tenía que vacunar a mucha gente, la corrupción fue llegando”. Al poco tiempo se vio obligado a vender sus buses y centró sus esfuerzos en el camión de comidas.

Desafortunadamente la crisis del país no dio tregua y aunque él no quería salir de Venezuela, su esposa sí. Fabiola estaba cansada de hacer largas filas para intentar comprar leche y pollo, ella no quería eso para su vida y siempre se lo manifestó a Luis.

Tiempo después, Nicolás Maduro prohibió el ingreso al país de una arolínea norteamericana. Uno de los familiares de Luis y Fabiola quien iba rumbo a Venezuela tuvo que aterrizar en Riohacha de manera intempestiva, y ellos tuvieron que cruzar la frontera por primera vez para recogerla. 

"Estando en Riohacha entramos a un supermercado para comprar algunas cosas y mi esposa se puso a llorar en el piso por el impacto de poder ver leche, azúcar, carne, pollo. Ahí ella, me dijo yo no quiero más esto para nuestra vida y entendí que ya era hora de salir de Venezuela”, comentó Luis Coa.

 


 

«La inseguridad creció tanto que en 2011 ya tenía que usar dos guardaespaldas»


 

 

Luis tenía miedo de empezar de nuevo,  de dejar su proyecto de vida atrás, irse a un país que no conocía, un lugar en el que no tenía amigos y que sentía ajeno. Sin embargo, en ese mismo viaje a Riohacha conoció a una persona que trabajaba en la Cámara de Comercio de la ciudad y le comentó su idea de llevar su restaurante a Colombia. 

Con la información que obtuvo comenzó el plan de migrar a Colombia. "Cuando le conté a mi esposa sonreía de oreja a oreja, pasaron las navidades y vendimos todo lo que se pudo vender, aunque muchas cosas casi que se regalaron. Parte de nuestra vida quedó ahí”, recuerda Luis.
 

 

Carmen le ha enseñado a sus clientes a comer platos típicos venezolanos. | © Guillermo Torres/Semana.

 

Un nuevo comienzo

Luis se adelantó con todo el capital que tenían a organizar el restaurante mientras su esposa e hijo esperaban en Venezuela. Llegó a Riohacha cruzando la frontera por una de las trochas irregulares en la que el cuenta que: “pase hora y media en la selva, lo vi como una aventura porque iba sin mi familia y la persona que me llevó me recomendó que abriera el restaurante en Santa Marta”.

Sin pensarlo dos veces Luis siguió el consejo del guía y cogió camino a la ciudad samaria. Las lágrimas en él aparecieron cuando recordo ese momento: “Yo tenía tres días viajando, llegué al rodadero, me pareció una ciudad hermosa y eso para mí fue un mar de llanto me senté en un andén,  y me preguntaba qué hago aquí, buscando qué”. Tras un par de meses Luis consiguió un local y regresó a Venezuela para traer a su familia.

En Maracaibo se encontró con su esposa e hijo y con otra familia venezolana y empezaron la travesía de cruzar a Colombia. En medio del recorrido por las noticias que se esparcen de boca en boca se enteraron que las trochas estaban bloqueadas y que correían riesgo de quedar presos si eran descubiertos por esos caminos. Aún así decidieron seguir. 

Arrancaron en una camioneta a las tres de la mañana, pero el recorrido no fue nada fácil. “La noche más larga de mi vida la pase en ese viaje. El transporte de cada persona costaba 100.000 pesos colombianos, eso en bolívares es una caja de zapatos llena de billetes, y en mi familia somos tres".

 


 

Antes de salir a esta aventura mi esposa me dijo: 'hagas lo que hagas, lo estás haciendo por César, cuando te den ganas de correr, de llorar, piensa en tu hijo'


 

 

Luis hace una pausa en su relato, su cara refleja que ese momento sigue fresco en su memoria. Mientras estaban entre el monte vieron como agentes de la guardía nacional los perseguían y como el conductor solo atinó a acelerar. Un rato después unos militares salieron de una piedra, a ellos no los pudimos evadir. Estábamos angustiados, pero cuando el soldado se nos acercó nos dijo: tranquilo, no corras más, ya estás en Colombia”, recuerda emocionado.

Una oportunidad para ayudar a los demás

En Santa Marta no se dieron las cosas, por lo que decidieron emprender una nueva aventura en Bogotá. Alquilaron un local en un centro comercial y abrieron en 2016, de nuevo el sueño llamado “Mr Fat”. En la capital Luis observó como cientos de venezolanos llegaban en malas condiciones y por eso buscó la manera de ayudar a sus compatriotas.

“Por cosas del destino en un paseo con mi esposa ella encontró una casa grande que estaba en arriendo. Llamé al señor y le dije necesito la casa en arriendo para montar un hostal y un negocio, él me dijo listo,  y eso fue un milagro de Dios porque aquí piden finca raiz y fiadores y él confió en nosotros”.

A mediados de 2017 junto a su esposa y con recursos propios inició la adecuación de la casa. Una parte fue para el restaurante “Mr Fat” y el resto para el hostal. Logró acondicionar 15 habitaciones para dos, tres y cuatro personas, además de seis baños, cocina y un patio para todos. “Esto es una casa de familia grande donde todos hacen aseo y aportan para el arriendo” cuenta don Luis.

 

Esta es la casa de los venezolanos, para ayudarse a pagar los gastos, arrendaron el garaje a una empresa de limosinas. | © Foto: Guillermo Torres/Semana.



En su restaurante se prepara comida tradicional de Colombia y Venezuela, los clientes destacan las empanadas de pabellón que vienen rellenas de carne desmechada, caraota (frijol negro), platano y queso. Allí, Carmen Barbosa es la chef, también es venezolana de Zulia y llegó hace tres años cruzando igualmente por una trocha y dejando a dos de sus tres hijos en el país vecino.

Un sitio de paz para el migrante

A la entrada del hostal, David Briceño el administrador, cuenta que en su país tuvo su propia empresa de turismo en la que vendía paquetes a destinos como: Margarita, Panamá, Cartagena, entre otros. Según él, un plan que costaba 2.750 bolívares y que un par de meses después, por la devaluación, el mismo plan podía costar más de 12.000 bolívares, lo que hizo que su emprendimiento fuera inviable y lo obligó a venir a Colombia con su esposa y dos hijos.

En su trabajo, David además de estar pendiente de que todo el hostal funcione de la manera adecuada y este limpio, debe cobrar 10.000 pesos diarios a cada persona que quiera hospedarse, muchos son migrantes y en sus ratos libres se sienta a escuchar sus historias de vida.

 

Marco llegó hace 11 meses a Colombia, abandonó sus estudios de administración tributaria y por ahora es domiciliario en bicicleta. | © Guillermo Torres/Semana.

Elizabeth, era taxista y trabajaba en un terminal de transporte terrestre. Llegó a Bogotá después de caminar siete desde Cúcuta, hoy paga los 10.000 pesos diarios de la venta de dulces en la calle. | © Guillermo Torres/Semana

 

En las puertas de los baños está pegado el listado de las personas que pueden usarlo y los turnos para lavarlo, de igual forma funciona con la lavadora.

Luis asegura que por su hostal han pasado muchos venezolanos preparados, pero que en Colombia por las dificultades para sacar los papeles no se han podido ubicar“Por ejemplo, la persona que administra el restaurante de noche es un ingeniero de petróleos bilingüe”.

Esta problemática la viven todos los residentes, pues la mayoría se dedica a la informalidad. Venden dulces en los semaforos, son domiciliarios en bicicleta y algunos tienen el chance de trabajar en restaurantes como meseros principalmente.

Alfonso Castillo tiene 23 años, hace casi dos que llegó a Colombia, en su país estudiaba música y tenía su grupo, dice que desde que llegó se la ha rebuscado entre los buses ofreciendo clases de piano, bajo y guitarra.

 

La cocina de la casa se convirtió en un punto de encuentro de todos los huéspedes después de sus jornadas de trabajo principalmente en la calle. | © Guillermo Torres/Semana.



Por otro lado, Bárbara Delgado, tuvo una niña hace un mes, a la que no le otorgan nacionalidad colombiana, porque ella ni su esposo, que trabaja en un parqueadero, tienen regulado su estatus migratorio. 

Los migrantes y Luis publican en las diferentes redes sociales la información y fotos del hostal. Por este medio es que muchos migrantes se enteran del lugar y tienen una opción a donde pueden llegar.

“En el hostal se pueden quedar hasta 30 personas, lo que hago es para ayudar a mis compatriotas. El pago que me dan, no alcanza para cubrir el arriendo de la casa y los servicios, esto no es un negocio. Pero siento que de esta manera contribuyó con la situación y la necesidad de muchas personas”, concluyó Luis Coa.  

 






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