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EDITORIAL | Sobre culpables y ausentes



Por: Proyecto Migración Venezuela
MigraVenezuela

El pasado 7 de mayo, cuando las protestas en el país ya eran cruentas e incendiarias, y cuando el Gobierno ya había desaprovechado quizá uno de los extinguidores más eficaces contra la violencia y el estallido social —el retiro a tiempo de la reforma tributaria—, el ministro de Defensa, Diego Molano, dio en una entrevista radial unas declaraciones que en otro momento podrían haber sido consideradas un poderoso detonante, pero que, en esta oportunidad, pasaron sin mucha pena ni gloria por la opinión pública. 

 

Intentando explicar cómo era que el país había llegado a esto, el ministro dijo que la información de inteligencia que tenía el Gobierno indicaba que en medio de los desmanes y los bloqueos estaba el accionar de migrantes venezolanos. “La información que tiene Inteligencia indica que hay presencia fuerte de venezolanos en algunos bloqueos, que se mueven a lo largo de las vías, dijo el ministro.

 

Las declaraciones llevaban la chispa adecuada para disparar la xenofobia en el país, tal y como sucedió con señalamientos similares hechos en su momento por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, o por el de Cali, Jorge Iván Ospina. Sin embargo, la mecha se apagó rápidamente. 

 

 

De hecho, la firma JA&A, especializada en hacer escucha de redes sociales, conceptuó que las conversaciones que tenían que ver con venezolanos durante los 15 días siguientes al inicio de los paros nacionales fueron más frecuentes durante las marchas y las expresiones sociales del 2019 que durante las del 2021. Incluso, establece la firma, palabras como ‘veneco’, ‘venecas’ o ‘venecos’, que tuvieron centralidad en ambos momentos, aparecen en 2019 más referenciadas a temas de crisis, derechos, seguridad y policía que en 2021. Como quien dice, los culpables de siempre esta vez han estado ausentes, por decir lo menos.  

 

¿Por qué? La explicación del fenómeno resulta obvia a la luz del legítimo descontento social que ha servido como combustible para llevar a cabo las jornadas de protesta y resistencia más largas de las que se tenga noticia en el país. Más allá de la incidencia de grupos armados, políticos, de migrantes o incluso del accionar del propio Nicolás Maduro, como lo denunció el exalcalde de Caracas, Antonio Ledezma, está, por ejemplo, el aumento de la pobreza en casi 7 puntos porcentuales durante el 2020 por cuenta de la crisis desatada por la covid-19 y las tremendas desigualdades sociales que han opacado la posibilidad de culpar, por ejemplo, a los migrantes venezolanos. El descontento, en su máxima expresión, ha originado según organizaciones como la ONG Temblores o Indepaz cerca de medio centenar de muertos en medio del caos, la violencia, el exceso policial y el vandalismo. 

 

La pregunta que debe hacerse el ministro, entonces, es si vale la pena seguir pensando en los culpables de siempre o si, por el contrario, vale la pena pensar en la migración venezolana como un fenómeno que puede hacer parte de ese diálogo que hoy, más que nunca, necesita un país incendiado por la polarización y la estigmatización.

 

 






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